La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Martes #3
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Martes #3

Lo cierto es que a media mañana se ha olvidado ya de la ausencia de Romeu, ocupado como está en desentrañar el apuñalamiento de un joven homosexual con resultado de muerte a la salida de una discoteca.

Un asunto feo, posible agresión homófoba, que empeora y se complica conforme avanza la investigación.

Tedesco no ha decidido todavía si se acercará al Hospital Clínico al acabar su turno dentro de un par de horas.

Romeu permanece en la UCI. Intubado, sedado y, probablemente, terriblemente asustado.

Ambos comparten una misma aversión: detestan los hospitales y se mantienen tan alejados como les resulta posible.

Como si una instancia superior hubiera emitido una orden de distanciamiento.

Por eso Tedesco puede imaginar sin esfuerzo al amigo inmovilizado, frágil y aterrorizado hasta los tuétanos, y sabe que no encontrará las palabras para aliviar su alarma. No las hay.

Elvira López, su esposa, le ha asegurado con la voz rota que las primeras horas son importantes, cruciales. Decisivas, ha añadido con un dramatismo no impostado. El equipo médico que lo atiende no se atreve a augurar nada.

—Solo puedo verlo a través de un cristal durante un rato.

Es, es… —Tedesco sabe que resulta cruel, casi inhumano, pero calla.

Ha estado en su lugar. Elvira no acaba la frase.

Tras unos instantes de silencio, añade—: Todo lo que han dicho es que debe permanecer en reposo absoluto.

—Elvira así lo remarca un par de veces—: Reposo absoluto, Mauricio.

A punto ha estado Tedesco de señalar que no pensaba animarlo a hacer running ni a participar en una maratón, ni mucho menos en una persecución policial, pero ha guardado silencio.

Es buen entendedor y las palabras de Elvira han sido pocas, pero la intención le ha parecido clara.

Diáfana. Ni actividad física ni emociones de ningún tipo.

Ni tan siquiera las derivadas del seguimiento de un caso policial ajeno.

—Nada debe alterarlo. Nada. Es lo que han dicho. Esta vez ha sido serio, muy serio, Mauricio. Mucho más que otras veces —ha señalado Elvira con las lágrimas desbaratándole el habla.

Tedesco, turbado por sus palabras y por la inmensidad del dolor concentrado en su voz, no ha acertado a responder. Ignoraba que Ignasi hubiera tenido dificultades anteriormente. De hecho, desconocía que el expolicía tuviera problemas respiratorios. Nunca había hablado de ello.

No ha preguntado.

—Ignasi no puede… Yo no puedo… Mauricio… Si Ignasi no sale de esta… Yo no sé qué…

La mujer no ha logrado continuar. No ha sido necesario. Tedesco habría podido acabar sus frases. Las mismas que él había pronunciado cuando la muerte inminente de Fina empezó a ser tan real como lo había sido más de media vida juntos. También él pensó que no podría…

—Lo entiendo, Elvira. Pero lo superará. Lo superará y volverá casa —ha afirmado el policía sin la menor convicción. Sabe que es lo que la mujer necesitaba oír.

Tedesco quiere ver al amigo, comprobar que sigue en este mundo, quizá cogerle la mano y explicarle detalladamente el caso del desdichado chico homosexual al que encontraron muerto junto a un contenedor.

Pero Elvira no le ha animado a ir al hospital.

Ni la menor insinuación. Solo ha insistido en que nada debe perturbar al enfermo. Por eso el policía no consigue decidir.

Trata en vano de contemplar la cortina de agua que se abate sobre una ciudad siempre sedienta.

¡Malditos cristales opacos! Todavía hoy se pregunta a qué esclarecida mente se le ocurrió recubrir la comisaría de cristales que la aíslan del exterior.

Se conforma con escuchar la música de las gotas.

Tedesco recuerda que Romeu dice de él que es como los tuaregs, que se pasan la vida esperando la lluvia.

Su hija Marina, por su parte, asegura que Mauricio Tedesco es un hombre raro, casi extravagante.

Insólito como un perro verde. Un hombre azul, un perro verde. ¡Qué más da!

Marina también asegura que se ha equivocado de siglo y Romeu contrataca afirmando que el inspector Tedesco, que detesta el calor y aborrece el verano, se ha equivocado de latitud.

Y, aunque no lo admitirá nunca, sabe que ambos andan en lo cierto.

Siempre se ha sentido extraño en todas partes.

Nacido en Barcelona, desenvolviéndose en dos lenguas y con un apellido italiano —recibido de un padre al que no llegó a conocer— que significa «alemán».

Raíces en tres países distintos y la mente en las nubes.

—Eres de latitudes altas, Mauricio. De Copenhague para arriba, te lo digo yo. De Copenhague para arriba.

Recordó que su hija Marina también afirmaba ocasionalmente, cuando le recriminaba su inclinación a la soledad, que era un lobo estepario.

Tedesco no sabe lo que es. Un lobo errabundo, un perro alternativo, un hombre azul…

No importa. Hace tiempo que ha dejado de preocuparle el nombre de las cosas.

Detesta las etiquetas. Lo que tiene cada vez más claro es que como amigo deja bastante que desear.

Con la mala conciencia del que cree haber pecado por omisión e incapaz de concentrarse en el papeleo que aguarda sobre su mesa, el inspector sale al pasillo y, a falta de otro lugar al que dirigirse, se acerca a la máquina de café.

Extrae el cuarto café del día.

Una aritmética personal, y tremendamente laxa y complaciente, le permite contabilizar como medio cada café salido de una máquina.

Asegura siempre que puede que aquel café aguado y no muy caliente «no tiene cafeína ni tiene nada».

Tan desprovisto de todo, el brebaje no puede agravar en forma alguna una hipertensión crónica que le diagnosticaron ya en su juventud.

El policía se basta y se sobra para argumentarse a sí mismo. Tras años de disputas, Marina ha dejado de importunarlo al respecto, ha simulado haber depuesto las armas. Se ha rendido en falso. De vez en cuando su hija reanuda la batalla, siempre la pierde.

—Tú sabrás lo que haces.

Con el vasito de plástico entre los dedos, a Tedesco la mirada se le escapa de nuevo hasta la calle.

Una ventana entreabierta le permite contemplar cómo aquel que puede se apresura en dirección a su casa.

Son muchos los que, como el propio policía, no disponen de un paraguas.

El inspector los extravía como hace con los bolígrafos o los paquetes de pañuelos de papel.

Observa cómo una mujer mayor con una falda acampanada que parece de otro siglo, y lo es, se detiene en un portal y busca algo en su bolso.

A Tedesco la mirada se le queda prendida en esa falda con vuelo que ha viajado en el tiempo.

Es buen observador y curioso por naturaleza.

Piensa en las llaves, en un móvil, quizás en un paraguas plegable.

La mujer, que rebasa largamente los setenta, saca del bolso de mano una bolsa de plástico de unos grandes almacenes, la rasga por uno de sus laterales y la coloca, a modo de capucha, sobre su peinado crepado a discreción.

Tedesco recuerda haber visto a su madre hacer algo parecido y se avergüenza de no haber pensado en ello.

Una bolsa de plástico en la cabeza. Un detalle de otro siglo, el suyo, el siglo xx .

Y, aunque nunca estuvo muy unido a su madre, llega a experimentar cierta forma de nostalgia. Apenas una sombra.

Lidia Sampedro, la agente que por sus movimientos y su apariencia bien podría pasar por una bailarina clásica, le sonríe y menea la cabeza en un amago de reprimenda al atravesar el pasillo.

Es una especie de hija adoptiva, una de las pocas agentes que Tedesco aprecia sinceramente, la única en toda la comisaría que se atreve a hacer alusión al café a discreción que no le conviene.

Lidia tiene una historia personal salpicada de violencia y no siempre se siente a salvo.

El inspector solo conoce la parte que, como el extremo de un iceberg, aflora a la superficie.

La agente apenas habla de su familia, solo se ha referido alguna vez a un padre alcohólico con la mano muy larga.

Demasiado dolor. Tedesco la considera una de sus agentes de toda confianza.

La joven agente siente simpatía y cierta admiración hacia el hombretón solitario y entrado en años de cabello blanco y lacio y arcaicas gafas doradas.

Las mismas que lleva usando durante más de una década y que siempre están en continuo descenso nariz abajo debido quizás al uso prolongado, pero sobre todo a la pronunciada pendiente de su apéndice nasal.

Las mismas lentes que le hacen parecer un médico de familia, un contable o el administrativo de una empresa de grifería.

Tedesco ensaya una sonrisa y, con el mismo gesto que los agentes utilizan en comisaría para identificarlo sin necesidad de pronunciar su nombre, empuja las gafas con el índice nariz arriba para evitar que continúen resbalando y acaben por estrellarse contra el suelo.

Lo repite mil veces al día, quizá más. A cada momento, en todo lugar.

Más de una vez ha pensado en cambiar de modelo, pero se resiste a hacerlo sin tener una razón válida.

Tampoco ha vuelto a graduarse la vista. ¿Comodidad?

, ¿desidia?, ¿resistencia al cambio?, ¿austeridad?

Marina asegura que es un inmovilista y que de haber sido por hombres como su padre la humanidad entera vestiría túnica, calzaría sandalias y se desplazaría en carro. También da por perdida esa batalla, la de sus gafas doradas.

Tedesco, demasiado apesadumbrado, no tiene ganas de hablar y no lo hace.

No necesita quedar bien con nadie. Sonreír a Lidia le cuesta un esfuerzo desmedido.

Lo intenta. La agente se detiene unos instantes antes de seguir su camino.

Sostiene un dosier en la mano derecha mientras su cola de caballo se balancea frente a su nuca.

RUBÉN