La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Martes #2
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Martes #2

Para Idrissa Seidy, un senegalés alto, delgado y de ojos oscuros y hermosísimos, no ha sido un mal día.

A las siete de la mañana se ha plantado, con la botella de plástico que ha llenado en una fuente y en compañía de unos veinte hombres más, junto a la puerta de una empresa de venta de materiales de construcción. Así trabajan a veces los que no tienen empleo.

Su experiencia en el sector es nula, su familia siempre ha malvivido del campo, pero su planta poderosa, sus brazos fuertes como ramas de árbol, su aspecto saludable y su carácter complaciente a menudo le procuran una jornada como peón en un edificio en construcción.

Acepta cualquier tarea. Igual descarga camiones que apila ladrillos, derriba tabiques o abre zanjas en el margen de un camino.

Además, Idrissa tiene buena voluntad, se hace entender y aprende rápido.

Sonríe por costumbre y por conveniencia, y nada ni nadie le impedirán deslomarse sujetando un pico, agarrando una maza o acarreando sacos sobre su espalda.

El primero en hablar, el más necesitado, el que en la subasta acepta el jornal más bajo, se lleva el gato al agua.

Quizás es el que tiene más hambre o más bocas a su cargo.

Subastas a la baja, «subastas inversas», las llaman, por darle un nombre aparentemente decente a una práctica aberrante: quince, veinte, veinticinco, treinta euros…

Raramente llegan a ofrecer cincuenta euros por toda una jornada de trabajo duro.

Alguien levanta antes la mano. Idrissa ha trabajado muy a menudo por un sueldo de miseria, pero ha trabajado.

Los que, como él, no tienen papeles ni futuro a corto, medio ni largo plazo están dispuestos a aceptar unos euros, muy pocos.

Casi una limosna. Pura supervivencia. No hay legislación que los ampare ni sindicatos que velen por sus intereses.

Solo explotación del miserable por el miserable.

El empleador empieza a contar: diez, doce, catorce, dieciséis…

El que habla primero, el que acepta la cantidad más baja por toda una jornada de trabajo, es el que trabaja.

Ni la menor esperanza de cobrar un jornal digno.

Una práctica inmoral de los que carecen de escrúpulos y van sobrados de ambición.

Veinte, veintidós, veinticuatro, veinticinco… Nunca más de treinta euros al día.

Idrissa siempre es de los primeros en levantar la mano. No quiere arriesgar. No puede. No tiene alternativa.

No ha sido un mal día. No de los peores.

El contratista acaba de pagarle lo acordado, veintiocho euros por ocho horas de trabajo y un bocadillo de atún y una coca-cola a mediodía.

La coca-cola es una especie de propina, pero Idrissa la agradece infinitamente.

Recuerda haber pasado media infancia imaginando el sabor de una coca-cola burbujeante que nunca pudo comprar.

Por fortuna, aquel día no ha habido sorpresas ni improvisadas sanciones por un error cometido, o no, ni condiciones que cambian a peor sobre la marcha.

Al acabar, el hombre le ha estrechado la mano prometiéndole que se acordaría de él porque trabaja bien, y asegurándole que recordará su cara y volverá a «contratarlo» si se presenta la ocasión. Idrissa le entrega un papel en el que ha anotado un número de móvil, el de Moussa.

—Tú llamar. Yo trabajo.

Sabe lo que saben todos, que lo que el hombre recordará es que ha cavado con todas sus fuerzas y que ha descargado en solitario dos furgonetas cargadas de sacas de cemento y de ladrillos sin la menor protesta y a buen ritmo.

Tampoco se ha lamentado cuando a media tarde ha empezado a llover y las cosas se han complicado para todos.

El senegalés, bien adiestrado para la supervivencia, se ha limitado a encajar la contrariedad con una sonrisa.

Como siempre. Es lo mejor cuando no se conocen las palabras.

Sonreír, sonreír, sonreír. Desde que era un crío, Idrissa ha aprendido cómo funciona el mundo y qué lugar ocupa en él.

De los veintiocho euros que acaba de guardarse en el bolsillo apartará diez para el próximo envío a casa.

En Senegal bastan para comer dos o tres días si se tiene buen conformar; aquí no alcanzan ni para una tarjeta de metro.

Aunque está rendido, casi exhausto, se siente contento.

Experimenta esa especie de asomo de felicidad que generalmente le dura solo unas horas.

Pronto será suplantado por la inquietud que le anida en las tripas con cada amanecer y la absoluta falta de certezas que tanto le angustia.

Cenarán bien.

Descansará.

Si Natalia está mejor, quizá la abrazará al llegar y le estrellará un beso en los labios.

Si Natalia está mejor, todo irá bien.

Si Natalia…

Lejos de casa, en el Poblenou, con la tarde avanzada y una lluvia leve, buscar la boca de metro más cercana y atravesar la ciudad con la ayuda del plano es como peregrinar a la montaña más alta.

Pero ha habido días peores, infinitamente peores.

Días de desesperación, dudas y brazos cruzados.

Los peores son los días en blanco, los días de manos ociosas y vacías.

A veces, Idrissa se siente como ella, como Natalia.

Experimenta ganas de desaparecer. Un día piensa que debe regresar al poblado, que en definitiva aquel es su sitio y no debería haberlo abandonado nunca.

Al día siguiente tiene clarísimo que debe quedarse y seguir buscando, que algo saldrá y que las cosas acabarán por mejorar.

También él tiene días malos en los que alcanza el convencimiento de que a peor no pueden ir.

Anteayer fue él quien tuvo un día de perros, todo el día en la calle con un par de manzanas en el estómago y medio bocadillo que encontró en una papelera.

Ha aprendido a rondar los colegios y las plazas, siempre hay algún crío inapetente que no se acaba el bocadillo.

Se sentía perfectamente capaz de darse por vencido.

Es en días como el de anteayer cuando hace todo lo que puede por recordar que Idrissa, su nombre, significa «inmortal», «el que no desfallece».

Y no puede morir, ni abandonar ni desfallecer. Sencillamente, no puede.

Esa es la trampa. No puede. Un mundo entero, pequeño, remoto y muy, muy querido, depende de él, de su capacidad de sacrificio, de sus fuerzas, de su trabajo. De su resistencia ante la adversidad.

TEDESCO

El inspector de los Mossos d’Esquadra Mauricio Tedesco es un hombre de edad avanzada, algo huraño en el trato, siempre desaliñado y de temperamento propenso a la melancolía.

Adora la lluvia desde que tiene uso de razón y memoria de los hechos, pero hoy, un día de principios de mayo, ni la bendita lluvia consigue elevarle el ánimo.

Las primeras gotas siempre logran hacerle concebir esperanzas de una precipitación importante y le proporcionan cierta forma de euforia controlada.

No es un hombre que acostumbre a mostrar sus emociones.

El inspector espera sin desmayo un buen aguacero, un chaparrón bíblico, una de esas lluvias torrenciales que llegan tan de tarde en tarde.

Nada le gusta más que asistir al arrancar de una tormenta de las que aterrorizan a los perros y hacen temblar el mundo.

No ocurre así esta vez. No se siente mejor ni experimenta satisfacción alguna.

Hace más de una hora que llueve sin interrupción, y en otras circunstancias su ánimo habría mejorado sensiblemente, aunque, dado su carácter algo áspero, nadie en su entorno inmediato habría podido advertirlo ni le habría interrogado al respecto.

Ventajas de la introversión. A su entender nunca llueve suficiente.

Tedesco, en opinión de los que lo conocen, es un hombre extraño, reflexivo, poco hablador y generalmente ensimismado.

Un silencioso adorador de la lluvia en todas sus manifestaciones.

Dicen de él que no parece un policía. Y así es. No lo parece. Podría ser un poeta que baraja palabras en su mente, un pintor que imagina cada detalle del próximo cuadro o un campesino absorto en mil cavilaciones.

Nada más poner el pie en comisaría la llamada de Elvira ha logrado amargarle el día.

Ignasi Romeu, el policía retirado, su mejor, su único amigo, ha sido ingresado de urgencia en el Hospital Clínico aquejado de una insuficiencia cardiorrespiratoria y permanece controlado y en observación.

No hay pronóstico. Demasiado pronto todavía para asegurar nada.

Parece probable que tengan que implantarle un marcapasos.

Tedesco debería haberlo sospechado al no encontrarlo como cada mañana acodado a la barra del París para el primer café.

Era lógico pensar en algo grave al no hallarlo con la vista clavada en la pantalla del televisor.

Romeu es un policía jubilado, un exinspector ocioso, y lo es a contrapelo.

Nada desearía más que pisar a diario la comisaría.

Cada mañana espera a Tedesco para cruzar cuatro frases, manifestar un puñado de opiniones cuajadas de sentido común y de cierta forma de amargura y deslizar un puñado de afilados sarcasmos.

Su mejor amigo. Desde hace años uno de los puntales de su vida.

En contra de todas las normas policiales y aparcando la sensatez, Tedesco tiene por costumbre explicarle cada caso, valorar en su compañía cada pista y tener en cuenta su opinión de madero veterano.

Romeu ha sido un buen policía, un hombre valeroso, astuto y honesto a carta cabal.

Un hombre íntegro con muchos años de oficio que ha visto de lo malo lo peor. Tiene en él confianza absoluta.

El inspector ha atribuido su ausencia en la cafetería a alguna visita médica, cada vez más frecuentes, a algún trámite o a una indisposición menor.

Aunque Romeu raramente falta a la cita, Tedesco no ha intentado hablar con él llamándolo al móvil.

Primer error, no es el último. Simplemente, le ha restado importancia, ha acabado su café y, caminando a buen paso, ha alcanzado la comisaría.