La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4)
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Martes
RUBÉN
En el edificio en construcción, la empresa ha improvisado una oficina de ventas.
El promotor ha hecho colocar un barracón metálico a la entrada del futuro parking, justo antes de la rampa.
Una parte queda sobre la acera y entorpece el paso.
Han recibido ya un par de avisos del ayuntamiento que se han limitado a ignorar.
La pequeña nave es un lugar en el que las horas pasan muy despacio.
Su ocupante, Rubén Carpio, lo ha empezado a aborrecer.
Es un sitio demasiado pequeño, poco más que una jaula sin barrotes.
Apenas caben en su interior una mesa, tres sillas y una estantería estrecha arrimada a una de las paredes con cuatro archivadores de colores que contienen folletos atrasados.
Según el jefe de ventas, el papeleo inspira confianza.
Y cuando Arnau Llobera, máster en Comercio y Marketing, habla de confianza, quiere decir aroma de permanencia, de supervivencia, de ilusión de futuro, de prosperidad.
Postureo empresarial. Siempre según Llobera, cuatro archivadores casi vacíos le proporcionan al lugar cierta garantía de continuidad que, tal y como están las cosas, nunca está de más.
Por si la sensación de falta de espacio no bastara, el ruido de la obra en curso le obliga a mantener la única ventana, del tamaño de una tronera, permanentemente cerrada.
A principios de mayo, el cubículo ya resulta asfixiante.
Carpio —así lo llama Llobera porque no recuerda su nombre— no quiere ni pensar en un mes de julio a más de treinta grados y entre cuatro paredes metálicas. Agosto será un puto infierno.
En las condiciones habituales, desplegar un plano es una odisea y estirar las piernas casi un imposible, pero como todo puede empeorar, si la pareja interesada en un piso se presenta con un niño pequeño y su cochecito, o con una criatura en patinete, el barracón parece encoger y la escasez de espacio resulta casi humillante, un verdadero agobio.
Como recibir a los extraños dentro de un batiscafo.
A veces, Rubén siente la necesidad apremiante de abrir la puerta y poner el pie en la calle.
Si nadie requiere información se sienta en el umbral elevado de la entrada.
Han situado el barracón sobre unos pilares que lo distancian del suelo y se accede mediante un escalón improvisado.
Desde allí cruza unas frases con alguno de los trabajadores.
Más de una vez ha sido abroncado por lo que Llobera califica de su «penosa costumbre de confraternizar con cualquiera».
Los obreros aprovechan para detenerse, librarse del casco y, si las circunstancias parecen propicias, prender un pitillo.
No todos son capaces de mantener una conversación.
Muchos recién llegados ni siquiera consiguen interpretar correctamente las órdenes del responsable de la obra.
Pero más de uno, con infinitas ganas de charla y de tomarse un respiro, se para junto a Carpio y cruza cuatro palabras sobre el fútbol, la maldita crisis climática, la corrupción generalizada o la situación geopolítica cada vez más preocupante.
Todos ellos coinciden en creer —tal y como asegura un extremeño locuaz especialista en política nacional que fuma mentolados y está reuniendo dinero para un trasplante de pelo— que el mundo se va al carajo.
El mismo hombre de edad avanzada que ha empezado a referirse a la asfixiante oficina de ventas como a la air fryer .
Rubén cuenta los días. Detesta el barracón y las horas muertas, que son casi todas.
Y por si la sensación de enclaustramiento no fuera suficiente suplicio, llegado el momento de dar por acabada una visita informativa, el joven comercial apenas consigue desplazar la silla hacia atrás unos centímetros para ponerse en pie con cierta dignidad.
En una maniobra estudiada al centímetro, rodea la mesa ofreciendo su mejor perfil y despide amablemente a los posibles compradores.
No siempre la ejecuta bien. Muchos de ellos, como la pareja treintañera que se empeña en preguntar por unos acabados que la empresa no ha precisado todavía, se le antojan puros merodeadores sin dinero y sin intención alguna de comprar una vivienda.
Paseantes ociosos, vecinos aburridos que ahuyentan el tedio visitando los edificios en construcción, comparando materiales, tiempos de ejecución, dimensiones y vistas, y escandalizándose sin remedio por el precio de un piso de dos habitaciones.
Gente que explora el mercado inmobiliario sin otro propósito que el de pasar el rato sin gastar un céntimo.
Otros se apuntalan tras las vallas metálicas y se limitan a contemplar el avance de los edificios.
Carpio valora la proximidad crítica de los jubilados ociosos y de los parados de la construcción.
Fiscalizan el avance de las obras, son exigentes, pero nunca atraviesan el umbral para interesarse por cuestiones como la calidad del parqué o la resistencia de las baldosas de la cocina.
Reconocen mejor que nadie la condición de un encofrado y la defectuosa ejecución de las regatas.
Curiosos que, plantados a pocos metros del barracón de chapa, examinan, critican y acuerdan, invariablemente y por unanimidad, que antes se trabajaba mejor.
Infinitamente mejor.
—El caso es que no pueden ustedes ver ningún piso hasta que no esté la promoción más avanzada. La ley no lo permite, cuestión de seguridad, si pasara cualquier cosa durante la visita… Piensen que todavía levantamos tabiques y no hay baranda en ningún tramo de escalera. No podemos arriesgarnos.
—Podemos ponernos un casco —propone la mujer, ligeramente estrábica, que no se deja desalentar tan fácilmente.
Carpio niega con un gesto y aprieta los labios para contener un par de imprecaciones que le suben hasta los labios.
—Lo siento. No está permitido. Pueden ustedes pasar más adelante y estaré encantado de…
El hombre, de pelo ralo y enormes bolsas bajo los ojos, hace ademán de levantarse.
Ha oído lo que quería oír. Mucho más de lo que quería oír.
De hecho, no siente el menor interés y llevan casi media hora sentados al otro lado de la mesa.
Escuchando, asintiendo. Empieza a estar más que harto.
Él no pregunta, ella sí. Quiere saberlo todo.
Es de armas tomar. Curvas rotundas, ojos desconcertantes, pelo crespo, labios anormalmente carnosos y la voluntad de un explorador en el Ártico.
—Aquí tienen las dimensiones, los precios, la orientación de cada piso y la memoria aproximada de calidades para que se hagan ustedes una idea.
De momento solo hemos vendido dos pisos de una promoción de veinticuatro, quedan muchos y, llegado el caso, podrán ustedes escoger.
Tenemos viviendas interiores, exteriores, de dos, de tres, de cuatro habitaciones, con terraza y sin ella…
también un par de bajos con rejas y adaptados por si algún miembro de la familia sufre discapacidad, dos dúplex en el ático…
—recita de corrido, como desgranaría la tabla de multiplicar—.
Tienen ustedes tiempo para pensarlo con calma y, más adelante, podrán ver los acabados. Y si deciden ustedes hacer una reserva…
El hombre tuerce el gesto.
Hierática, la mujer sigue sosteniéndole la mirada.
Lo que no tienen es dinero. Ni prisa. Es evidente.
Rubén reúne la documentación que acaba de mencionar en un sobre grande con el logo de la constructora. Mete también una tarjeta personal con su nombre y su número de teléfono. Pura rutina.
La mujer alarga la mano. Carpio está seguro de que arrojará el sobre en la primera papelera que encuentren a su paso.
Sobre el fragmento de techo metálico que se asoma a la calle, la lluvia atruena como si se hallaran confinados en el interior de un tambor.
La humedad es alta y sigue subiendo. En el desigual suelo de linóleo, el paraguas mojado de la mujer ha dejado un charco con la forma del continente africano.
Carpio puede reconocer incluso la estilizada silueta de Madagascar.
A falta de algo mejor que hacer podría abstraerse en su contemplación durante horas.
—Si no tienen ustedes más preguntas… —remata para obligarles a abandonar el barracón.
El teléfono móvil que siempre deja sobre la mesa suena, vibra y se desplaza unos milímetros.
Carpio se sobresalta y acto seguido da interiormente las gracias al cielo por la interrupción.
No puede más. La conversación no avanza y no parecen dispuestos a irse.
La experiencia le dice que la pareja dispone de todo el tiempo de este mundo.
Hay vendedores que prefieren hablar de instinto.
No importa. Pondría la mano en el fuego.
El esposo inicia la maniobra que ha de conducirlo hasta la calle. Su mujer no ha alterado su postura y no parece dispuesta a abandonar la silla.
—¿Me perdonan? —pregunta por cumplir.
No puede reconocer el número, pero tampoco importa.
El hombre asiente, lo perdona. Cómo no, casi lo compadece. Discretamente, ha colocado ya la mano derecha sobre la mesa como para apoyar en ella el peso de su cuerpo con la intención de levantarse y despedirse.
Ella sigue sin darse por aludida. No hace el menor gesto ni aparta los ojos de su rostro. Los labios más apretados, los ojos más afilados y los brazos rígidos abandonados sobre la mesa; parece resuelta a permanecer anclada al suelo por los siglos de los siglos.
El marido no tarda en corregir su postura y retira la mano. Reconoce fácilmente la derrota.
Amén.
Rubén la maldice interiormente antes de hablar.
—Sí, sí. Soy yo. Claro. Sí, sí, la recuerdo. ¿Un problema? Ya. ¿Agua? Sí, sí. Entiendo. Pasó una revisión antes de la entrega de llaves y de eso hace solo unos días, parece imposible que… ¿En el rellano? Sí, sí. Agua que baja de arriba. Ya. ¿Por la escalera? No sé si acabo de…
Aparta el móvil unos centímetros. La mujer grita.
—Sí, sí. No se preocupe. Voy enseguida. En diez minutos estoy ahí. Espéreme. No se mueva.
IDRISSA