La vida clandestina (Mauricio Tedesco 4) Domingo
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Domingo

MARINA

Tedesco acostumbra a llegar unos minutos antes. Le gusta esperar la llegada de Marina sentado a la mesa de mantel rojo y blanco sujetando una caña bien fría y picando un puñado de arbequinas. No las pide, el camarero las trae al verlo entrar, y a Tedesco le gusta que así sea.

Espía la silueta de su hija en la puerta de entrada y el saludo de bienvenida en los labios del camarero que la ha visto crecer.

Hay cosas en la vida que no deberían cambiar nunca, y ver aparecer a Marina en el restaurante que frecuentan es una de ellas.

A Tedesco se le alegra el corazón al verla entrar con paso firme.

Guapa, sonriente. Aparentemente feliz tras la recién iniciada relación con Mario Corpas, el padre de Laura, un niña que pronto cumplirá los seis años.

El policía todavía no la conoce, pero Marina asegura que es una cría encantadora y que seguro que se llevarán bien.

Mario Corpas es el hombre con el que Marina ha decidido empezar a convivir dentro de un par de meses.

—No tiene por qué llamarte «abuelo». Ya pensaremos en algo. —Y Tedesco hace días que le da vueltas a la cabeza.

Aguarda la sonrisa de Marina al descubrirlo sentado a la misma mesa que ocupa cada domingo, siempre de espaldas al espejo y acodado sobre el mantel, como dispuesto a iniciar un interrogatorio.

Está íntimamente convencido de que algunas cosas, pocas, sustentan la vida entera.

Desaparecida Fina, Marina es su puntal. Y Romeu. Y Lidia, Iván, Cuesta y Valero.

No se retrasa, Marina ha salido a él en su obsesión por no hacerse esperar, y raramente llega más allá de la hora acordada. Por fortuna, en todo lo demás su hija recuerda a su madre.

Trae la sonrisa de los mejores días. Deslumbra. Tedesco se levanta para recibir los dos besos que su hija le estampa en cada encuentro. Los únicos que recibirá en varias semanas, pero no quiere pensar en ello. Carpe diem , piensa, aunque la cita, tan traída y llevada, no esté entre sus preferidas.

La joven se sienta frente a él, comprueba su aspecto en el espejo y, aparentemente satisfecha de lo que ve, pregunta:

—¿Qué tal todo, papá?

Es el pistoletazo de salida, la señal acordada.

También a ella le interesan los casos de su padre y Tedesco, poco hablador en general, no escatima detalles.

Ni con ella ni con Ignasi. Con ambos se vuelve locuaz, matiza, comenta, sugiere, ríe, inquiere, añade aventuradas conclusiones, supone motivos…

Bromea. Es otro hombre, alguien que se parece muy poco al huraño inspector de Policía de la comisaría de Les Corts.

Entre un plato de paella y unas albóndigas con sepia, le habla a Marina de Natalia Benegas, del joven senegalés Idrissa Seidy, de Rubén Carpio, el medio hermano de Natalia, y de Raimundo Serrano.

Evita utilizar sus nombres. Sabe que es mejor no hacerlo.

Basta con sus historias. Habla largamente del piso piloto, de los motivos de uno y de otro, de los demonios de Natalia, expresión cuyo sentido ha acabado por comprender, del joven sin papeles y sin futuro, y del drogadicto sin principios.

Y todo ello sin dejar de mirarla, de admirarla, de adorarla.

Porque eso es lo que Tedesco siente por Marina, su única hija, desde que la enfermera la depositó en sus brazos envuelta en una toquilla blanca en el pasillo de la sala de partos. Verdadera e inmarchitable adoración.

Marina atiende interesada y, de tarde en tarde, cabecea como dudando de lo que acaba de escuchar. Es crítica, rigurosa en sus análisis, una juez singular. Pregunta con el ceño algo fruncido:

—¿Cómo llegaste a deducir que la chica había muerto casi en un acto de amor? ¿No te parece un poco arriesgado? Porque eso es lo que le dijiste al chico, que actuó como actuó para protegerlo. Por amor.

—¿Arriesgado? No, en absoluto. Mi explicación quedó entre nosotros.

Y la verdad es que no creo que muriera por amor, no es eso.

No exactamente. Era una enferma, trastorno bipolar.

Murió porque estaba enferma. Ella hablaba de sus demonios y llevaba unos días sin que los demonios la abandonaran.

Ella quería ser normal y no depender de las pastillas, por eso las dejaba de tanto en tanto, y era entonces cuando se desequilibraba peligrosamente.

Los demonios en forma de miedo, de tristeza, de angustia, de abandono…

la acompañaban siempre a todas partes, en todo momento.

El día en que murió era uno de esos días.

Había abandonado la medicación, quería tener una vida normal, pareja, hijos…

Cuando el yonqui la amenazó pasaba un mal momento, vio todas las puertas cerradas, no encontró escapatoria, ni para ella ni para Idrissa.

Es una enfermedad cruel. Muy, muy cruel.

—¿Entonces?

—Creo que murió empujada al suicidio por su enfermedad, por sus demonios.

No sé si puedo hablar de amor romántico, ni de fidelidad.

No lo sé, pero no creo que importe. Aunque creo que algo de eso hubo.

Simplemente me parece que hizo un gran esfuerzo por tomar las medidas necesarias para preservar la identidad del chico.

No quiso perjudicarlo. Hizo lo que pudo, hizo cuanto estaba en su mano por protegerlo.

Eso también es amor, a mí me lo parece. Aunque quizá solo pretendía que no tardaran en encontrarla.

No puedo saberlo, pero creo que tu madre también lo vería así.

Marina piensa en ella con el rostro momentáneamente grave.

Raramente hablaban de Fina. Casi nunca. Demasiado dolor.

—Probablemente. A mamá le gustaban los finales felices.

—Este caso no tiene final feliz, Marina.

Con algo de suerte, y si las pruebas periciales confirman sus palabras, el comercial no irá a prisión, pero pagará los daños a la inmobiliaria con un dinero que no tiene y difícilmente volverá a encontrar trabajo en el sector.

Todo eso si la empresa no quiere presentar otros cargos: como negligencia, asociación criminal…

Por otra parte, al morir la chica, el joven senegalés lo ha perdido casi todo.

No sé si acabará por regresar a su país.

No me extrañaría. Sin contrato, sin papeles…

Aquí lo tiene muy, muy difícil. Una mujer ha muerto, un adicto también…

No me atrevería a hablar de un final feliz.

Marina, pensativa, se sirve más vino y permanece unos instantes en silencio.

—Tienes razón. El asunto no ha acabado nada bien.

El policía levanta la mano para llamar la atención del camarero. No prescindirá del postre, no en domingo, y en la mejor compañía imaginable. Marina niega con la cabeza, pasará directamente al café.

—Es un poco frustrante, ¿no, papá? En tu oficio las cosas casi nunca acaban bien.

Tedesco asiente con una sonrisa. Se resiste a entristecerse. El camarero acerca un platito con lionesas diminutas y lo planta delante del inspector, que blande ya la cucharilla de postre.

—¿Por un grifo abierto? —insiste Marina, que sorbe ya su café—. Sigue pareciéndome aventurado. Cualquiera puede dejar un grifo abierto. Un despiste, una llamada al móvil…

—Por eso y porque antes de tomar las pastillas y disponerse a morir tapó el desagüe y retiró la alfombrilla de la entrada para facilitar la salida del agua.

Eso me hace pensar que lo del grifo no fue casual.

Fue ella, no pudo ser nadie más. Lo investigué.

Pregunté. Nadie había apartado la alfombrilla.

Ni el comercial ni la vecina. La encontraron así.

La había retirado. Si lo hizo es porque tenía un propósito, que la descubrieran en pocas horas, lo antes posible.

—Pero…

—Ya lo sé, Marina, ya lo sé, no tengo pruebas, son suposiciones, pero el chico se merece una explicación.

La vida no le ha dado muchas oportunidades hasta el momento, ya sabes cómo son las cosas.

Senegal no es un buen lugar para nacer. El sueño de una pareja, de una documentación en regla y de una vida soportable se esfuma sin saber cómo ni por qué.

Estaba en mi mano y le ofrecí esa explicación.

Una explicación complaciente que no hace daño a nadie.

Se interrumpe el inspector unos instantes. Cuando prosigue lo hace con aire pesaroso.

—Además, yo había cometido un error, un error grave. Lo habíamos asustado terriblemente. Lo que le expliqué me pareció una buena aproximación a la realidad. La mejor que se me ocurrió. Y, por si fuera poco, no solo le sirvió de consuelo, sino que quizá fuera cierto. Es una posibilidad. ¿O no?

Marina sonríe.

—Tus casos no acostumbran a acabar así, las cosas están bien o no lo están, son delito o no lo son. Este casi parece el final de una novela de esas que te gustan. —Marina hace una pausa y entorna levemente los ojos—. ¿Sabes qué, papá? Creo que con el tiempo te estás volviendo un sentimental.

—Tu madre no opinaba lo mismo —señala Tedesco con cierta sorna no exenta de dolor—. Nunca la oí decir nada parecido.

—Quizá no, papá. Pero no descartes que sea la edad. Los años, que no perdonan a nadie.

—Además, si no recuerdo mal siempre has dicho que era huraño y poco sociable. Como un lobo estepario.

—Ya, y sabes que lo sigo pensando. Un cordero con piel de lobo.

(Barcelona, 2026)