La Victoria de Cecilia (Las pupilas de Lamercier nº 2) Capítulo Siete #3
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Capítulo Siete #3

Ella dobló la servilleta y la dejó sobre la mesa.

De pronto le resultó difícil mirarlo directamente. No quería delatar sus sentimientos, no quería que descubriera que deseaba mucho más que su amistad.

Logró decir:

—Eso está bien. Aprecio su amistad. Gracias por cenar conmigo. Si me disculpa, creo que me retiraré.

Lord Eliot miró por la ventana, donde el sol de finales de verano acababa de ponerse.

—Creo que un paseo después de la comida es beneficioso para la salud.

Cecilia soltó una risita.

—Si quiere decir que un breve paseo después de cenar es mejor que irse a dormir inmediatamente después de comer, entonces estoy de acuerdo.

Él se levantó de la mesa y le ofreció la mano.

Cece la observó durante un instante.

Normalmente, una dama apoyaba la mano en el brazo de un caballero. Tomarse de la mano era algo mucho más íntimo.

Su mano parecía tan acogedora, tan grande y segura...

Con una profunda respiración, puso la suya en la de él y permitió que la guiara fuera de la posada para dar un agradable paseo por el sendero que dominaba el puerto.

Mientras caminaban sin prisa, él compartió algunos detalles de su infancia y de las propiedades que había heredado. Quedó claro que se preocupaba profundamente por los arrendatarios de sus tierras y buscaba constantemente maneras de mejorar sus vidas.

Había fundado escuelas para niños y niñas donde podían aprender a leer, escribir y hacer cálculos aritméticos, lo que les brindaría la oportunidad de convertirse en excelentes arrendatarios en el futuro o de encontrar otros trabajos que les permitieran vivir cómodamente.

También promovía métodos agrícolas más eficientes para aumentar las cosechas y mejorar los medios de vida de la gente que vivía en sus propiedades.

Una hora más tarde, cuando Cece se acomodó bajo una cálida manta en una cama mucho más cómoda que aquella en la que había dormido la noche anterior, se estiró feliz.

Quizá aquel viaje a la costa resultara tan agradable como había esperado desde el principio.

La amistad con el hombre que amaba podría conducir a algo más.

Quizá pudiera lograr que él se enamorara de ella.

Mientras se quedaba dormida, su mente se llenó de imágenes de los hermosos labios de lord Eliot y de sus enigmáticos ojos, y sus sueños se poblaron del suave murmullo de las olas, mezclado con la profunda y reconfortante voz de Daniel Eliot.

***

Daniel Eliot permanecía junto a la ventana de su cómoda habitación, que contaba con una gran y sólida cama con dosel, un confortable sillón y un escritorio.

El suelo estaba cubierto con alfombras de buena calidad y la ropa de cama era de un blanco impecable y olía a sol.

Se había quitado la chaqueta y la corbata, y vestía únicamente calzones y una suave camisa de lino.

Miraba la noche iluminada por la luna, pero sus ojos no veían ni la ciudad ni el mar.

La agradable brisa procedente del océano no hacía nada para enfriar el ardor que lo consumía.

Su mente estaba llena de imágenes de Cecilia Goodwin.

La suavidad de su piel, la dulzura de su sonrisa y las delicadas curvas de su figura provocaban extraños efectos en él.

Era un hombre de enorme autocontrol, pero el simple hecho de estar cerca de ella bastaba para poner a prueba toda su disciplina.

La idea de acostarse con otra mujer para saciar su deseo no le resultaba atractiva. Aunque conocía un burdel respetable que había frecuentado en el pasado, solo deseaba a Cece.

No podía imaginarse con ninguna otra mujer que no fuera aquella joven que se había abierto camino hasta su corazón y de la que corría el peligro de enamorarse de forma irremediable.

Lentamente, desabrochó sus calzones, liberando su miembro largo y endurecido.

Se alzó de inmediato, tenso y dispuesto, casi alcanzando su estómago.

Lo sujetó con sus fuertes dedos y utilizó el pulgar para extender por toda su longitud parte del líquido transparente que brotaba de la punta.

Apretó con firmeza mientras su mano comenzaba a moverse con suavidad y constancia arriba y abajo.

Al principio despacio, luego cada vez más rápido, saboreó la sensación mientras imaginaba penetrar el estrecho y cálido cuerpo de Cece.

Podía verla tendida sobre su cama, desnuda bajo él, arqueándose para recibir sus embestidas, con los pechos moviéndose al ritmo de sus movimientos.

Podía imaginar el azul de sus ojos volviéndose brumoso por la excitación, el deseo y la pasión.

Podía oír su voz suplicándole más, pronunciando su nombre una y otra vez, cada vez con mayor intensidad, hasta que finalmente gritaba al alcanzar el clímax.

Mientras su imaginación se desbordaba, movió la mano cada vez más deprisa. Un gemido escapó de sus labios mientras las imágenes de Cecilia seguían cruzando su mente. Todo su cuerpo se tensó. Su respiración se volvió irregular. Los músculos se contrajeron.

Finalmente, alcanzó la liberación que había estado persiguiendo. Permaneció inmóvil unos instantes, respirando con dificultad mientras las últimas oleadas de placer recorrían su cuerpo.

—Cecilia —susurró.