La Victoria de Cecilia (Las pupilas de Lamercier nº 2) Capítulo Cinco #2
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Capítulo Cinco #2

Lord Eliot parecía escéptico.

—Ese hombre es francés y no se comporta como un inquilino. Además, no hay sirvientes en la casa. Hemos estado intentando averiguar adónde desapareció Georgianna después de que Lamont fuera capturado.

Aquel recordatorio de su imprudencia dejó a Cece en silencio y permaneció callada el resto del trayecto hasta casa.

Cuando se detuvieron frente a la residencia londinense de lord Robbie, lord Eliot tomó su mano entre las suyas.

—Señorita Goodwin, hablaba muy en serio cuando le dije que salir sola merece una reprimenda. Si alguna vez vuelvo a encontrarla haciendo algo así, no dudaré en castigarla como merece.

Cece se sintió un poco desanimada por aquel final para una excursión que había sido tan agradable, pero también sabía que él tenía razón.

Una joven no debía dejarse ver sin una acompañante adecuada, y ella ya había puesto en peligro su propia reputación y la de sus hermanas cuando había intentado fugarse con Stanley Ranford dos años antes.

Sería desastroso perjudicar las posibilidades de las gemelas de conseguir buenos matrimonios por culpa de otra imprudencia suya.

***

Cece recorrió con la mirada el salón de lady Halstead, esperando ver a lord Eliot, pero su alta figura y su cabello oscuro no aparecían por ninguna parte.

Jane le apretó la mano.

—Las gemelas lo están haciendo mucho mejor de lo que esperaba. Nell está muy bonita con ese vestido amarillo pálido y Ali está hablando de ópera con lord Darby sin lanzarse a una discusión científica sobre cómo mejorar los instrumentos musicales.

Cece soltó una risita.

Jane estudió su rostro.

—Pareces un poco más resignada a estar aquí que hace unas semanas.

La puerta se abrió y Cece se sonrojó cuando anunciaron la llegada de lord Eliot. Intentó parecer digna e indiferente a su presencia mientras respondía a Jane.

—Lo estoy pasando bien, aunque realmente me gustaría regresar al campo cuando tú te marches. No hay nada que me retenga en Londres.

Era una mentira.

La señora Burkin apareció justo a tiempo para oír sus palabras.

—Oh, querida amiga, te lo suplico, no abandones Londres todavía. Apenas acabo de conocerte y no quiero perder tu compañía tan pronto.

Cece se sintió halagada, pero respondió:

—¿No pensabas ir a Ramsgate?

Christine soltó una risita.

—Quizá lo haga. No tengo planes definitivos. La costa es muy beneficiosa para la salud y la brisa marina mantiene el aire fresco y agradable. Tal vez podrías acompañarme durante un tiempo, si finalmente voy.

Cecilia miró a Jane.

La sonrisa de su hermana parecía forzada y en sus ojos había preocupación, pero respondió con suavidad:

—Lo hablaremos cuando los planes de la señora Burkin estén más definidos.

En ese momento, el mayordomo anunció la cena y los invitados comenzaron a emparejarse.

Cece miró a su alrededor con esperanza.

Su corazón dio un pequeño salto de alegría cuando lord Eliot se acercó a ella.

Estaba tan contenta que casi no se dio cuenta de que la puerta volvía a abrirse para admitir a un caballero que acababa de llegar.

Mientras los invitados comenzaban a seguir a Louisa Halstead hacia el comedor, monsieur Blanchard irrumpió en la estancia.

—Désolé. Me he retrasado inesperadamente.

Saludó a los anfitriones y luego fue directamente hacia la señora Burkin, que tomó su brazo con una sonrisa afectada.

Lord Eliot frunció el ceño al observarlos.

Cece soltó un jadeo.

—Pero ese es...

Lord Eliot le apretó el brazo.

—¡Silencio! —dijo con firmeza, aunque en voz baja—. No mencione que lo vimos ayer ni dónde.

Cece le lanzó una mirada sorprendida, pero enseguida comenzó a hablar alegremente sobre el tiempo. Lord Eliot le dedicó una rápida sonrisa y ella se sintió encantada al ver la aprobación en sus ojos.

Mientras hacía comentarios vacíos sobre lo agradable que era el clima para aquella época del año, intentó observar más de cerca al francés. Parecía completamente inofensivo; nada en él sugería que pudiera representar una amenaza para la seguridad británica.

Tomó asiento a la mesa entre Daniel Eliot y sir Bellingham, algo molesta porque Christine Burkin estaba al otro lado del hombre al que había llegado a admirar con tanta intensidad y porque él prestaba mucha atención a su nueva amiga.

Cece intentó concentrarse en lo que sir Bellingham le decía sobre la velada musical a la que habían asistido la noche anterior, pero era mucho más consciente de la conversación que mantenían lord Eliot y Christine Burkin.

Tomó un sorbo de agua y estuvo a punto de atragantarse cuando lo oyó decir:

—Yo también he estado pensando en visitar Ramsgate este verano.

Un amargo dardo de celos se clavó en el corazón de Cece al recordar lo interesado que lord Eliot había parecido estar en la señora Burkin el día que la conocieron.

Tan sobresaltada estaba que habló sin pensar.

—¿Va a ir a Ramsgate? ¿Por qué? Supongo que encontrará allí una compañía muy de su agrado.

Lord Eliot volvió hacia ella su intensa mirada oscura. Tenía una ceja ligeramente arqueada y los ojos endurecidos por la desaprobación.

—Es un lugar que he visitado con frecuencia, y lo prefiero a los excesos de Brighton, donde tantos miembros de la alta sociedad pasan el verano. La señora Burkin y yo estábamos hablando de algunos lugares de la ciudad que ambos conocemos.

Cece se mordió el labio al percibir, bajo la calma de sus palabras, el reproche por su interrupción descortés.

Monsieur Blanchard, que estaba sentado frente a ellos, se unió a la conversación, dándole a Cece un momento para recuperar la compostura.

—Parece que Ramsgate será un lugar muy concurrido este verano. Yo pasaré por allí de camino de regreso a la belle France.

—¿Y cuándo será eso? —preguntó sir Bellingham con tono algo aburrido, como si no tuviera verdadero interés en los movimientos del francés y solo estuviera siendo educado.

Monsieur Blanchard se encogió de hombros.

—Je ne sais pas. Cuando termine aquello que vine a hacer a Londres.

—¿Y qué es eso? —preguntó lord Eliot.

Cece percibió una tensión subyacente en aquellas preguntas. Las demás conversaciones alrededor de la mesa se habían apagado y la mayoría de los invitados parecían muy interesados en conocer los planes de monsieur Blanchard.

Cecilia lo observó con más atención mientras él tragaba un sorbo de vino y comentaba con una ligera mueca de desprecio:

—Ustedes, los ingleses, fingen ser superiores a nuestra gran cultura, pero sus cenas no tendrían éxito sin los vinos franceses introducidos de contrabando en este país ni sin los chefs franceses exiliados que dirigen sus cocinas.

Lord Halstead tomó un sorbo de borgoña y se encogió de hombros.

—Sin duda es un vino excelente, y aunque lamento que Antoine tuviera que huir de su propio país, estoy muy agradecido de que ahora trabaje para mí. Debo admitir que me costó convencerlo de que no utilizara tanto ajo y cebolla en sus platos.

—¡Bah! Los ingleses no aprecian la bonne vie, lo verdaderamente excelente —insistió monsieur Blanchard—. Napoleón tenía razón al llamarlos una nación de tenderos. Sus mentes no se elevan hacia las cosas más nobles y refinadas de la vida.

Cecilia comió lentamente un trozo de pollo asado con salsa de crema y estragón, muy agradecida de que no hubiera ni rastro de ajo, y esperó a ver qué sucedía después. Era mejor que cualquier obra que hubiera visto representada en un escenario.

La señora Burkin, que había bebido unas cuantas copas de excelente borgoña de más y estaba un poco achispada, se inclinó hacia delante, mostrando una buena parte de su abundante escote y mirando al francés con una adoración apenas disimulada.

Los ojos de monsieur Blanchard se demoraron en su escote mucho más tiempo de lo que era apropiado.

—Henri me recuerda tantas cosas que extraño de Francia —ronroneó la señora Burkin.

De pronto se dio cuenta de que todas las demás conversaciones habían cesado y que todos la observaban.

Se incorporó rápidamente y se subió un poco más el corpiño.

—Aunque crecí en Inglaterra, mi madre era francesa, ya saben, y tengo debilidad por todo lo francés. Es una verdadera lástima que la hostilidad entre nuestros dos países nos impida viajar a París y disfrutar de sus encantos, aunque quizá pronto sea posible hacerlo.