Chapter 69
LXVIII
Murió un martes de febrero, a la tarde, con Nora y Valeria en la habitación y su hijo llegando desde Bahía Blanca demasiado tarde por veinte minutos, un detalle que a Valeria le iba a doler más de lo razonable durante mucho tiempo.
No hubo ninguna frase final que Nora pudiera guardar como legado, ninguna revelación, nada que se pareciera a esas escenas de las películas donde alguien dice, en el último minuto, la verdad que estuvo guardando toda la vida.
Lo último que dijo, esa misma mañana, con la voz ya muy floja, fue que se acordara de pagar la luz, que la boleta vencía el viernes.
Después vino lo que viene siempre: el médico firmando el certificado de defunción con una lapicera que no andaba bien y que tuvo que probar dos veces contra el borde de la mesa, la funeraria, el cementerio de Gonnet, un cura que no lo conocía diciendo de él cosas generales y ciertas al mismo tiempo, cuarenta y pico de personas firmando un libro en la entrada del velorio con sus nombres completos, su documento si hacía falta, su parentesco con el difunto anotado prolijamente en una columna: esposa, hijo, hija, hermana, compañero de trabajo, vecino.
A Nora, esa tarde, parada al lado del cajón recibiendo abrazos que apenas podía distinguir uno de otro, se le ocurrió, sin buscarlo, sin ninguna intención de comparar dos cosas que sabía que no se podían comparar, que de Rubén iba a quedar todo eso: un certificado con una firma, un nombre en un libro del cementerio, una fecha exacta que cualquiera podía consultar dentro de cien años.
Todo lo que a Beatriz le habían negado, se lo estaban dando a Rubén sin que nadie se lo pidiera, tal como se le da a cualquiera que se muere en su cama, en su ciudad, con papeles.
No le pareció injusto. Le pareció, nada más, una cosa que no había notado nunca antes de esa tarde.
Rubén murió sin saber el nombre completo de Beatriz Aguirre.
Murió sabiendo, eso sí, sin que Nora se lo hubiera dicho nunca con esas palabras, que había una habitación en su mujer a la que él nunca había tenido la llave, y murió, por lo que Nora pudo entender de él en cuarenta y nueve años, sin guardarle rencor por eso, quizás porque él también, a su manera, guardaba alguna habitación parecida para su primera mujer, la que se murió joven, la que Nora tampoco conoció nunca del todo.