Chapter 70
LXIX
La entrevista siguió otra hora larga, por otros temas —la facultad, cómo era la ciudad en esos años, qué pasó después con los que quedaron—, y Nora contestó todo con la misma soltura de siempre, la costumbre haciendo su trabajo mientras por dentro seguía, todavía, sentada en esa cocina a oscuras, esperando que se le pasara.
—Cuatro de agosto. Un miércoles, cuatro de agosto.
—En la esquina del Banco Provincia.
—¿Tres días?
—Tres días.
La chica iba marcando cruces chiquitas al margen, una por dato.
—¿Y la liberaron sin cargos?
—Mirá, lo que recuerdo es que apareció un milico, tiró mi documento sobre la madera de la mesa de entrada de la comisaría y me dijo: "Tomátelas". Y me fui. Claro, ¿qué iba a preguntar?
—¿Presentó alguna denuncia después? ¿En el 84, con la CONADEP, o más adelante?
—No.
Ayelén levantó la vista como para preguntar por qué, y no preguntó.
—¿Volvió alguna vez a esa esquina?
—Estuve parada en esa esquina muchísimas veces. Algunas, antes o después de entrar al banco. Otras, porque lo necesitaba. Otras, no sé.
Ayelén se encogió apenas, un segundo, como si le hubiera corrido un frío por la espalda.
Recién cerca del final, con menos luz en la ventana que a la mañana, Ayelén sacó de la carpeta una sola hoja y la apoyó sobre la mesa.
—Esto es para el archivo, nada más —dijo, casi disculpándose—. Un formulario estándar, para poder cruzar los testimonios entre sí. ¿Le molesta si lo completamos juntas?
Nora dijo que no, que estaba bien.
La mesa de la cocina, a esa hora, tenía esa luz particular de las cinco de la tarde a fines del invierno, una luz baja y amarilla que entraba en ángulo por la ventana y le daba a todo —el mantel, el grabador, las manos de las dos— un color parecido al de las fotos viejas.
Ayelén tenía un marcador negro, de esos gruesos, de punta chata, que había sacado de un estuche de cartuchera junto con la hoja, y lo sostenía entre dos dedos con la comodidad de quien lo usó cien veces antes en cien cocinas parecidas a esta.
La hoja tenía casilleros. Nombre de la entrevistada. Fecha de detención. Lugar. Y, más abajo, un campo por cada persona desaparecida nombrada durante la entrevista, con una lista corta de opciones para marcar con una cruz: Amiga. Compañera. Familiar. Pareja. Otro (especificar).
Nora miró la lista de opciones con una atención que no le había dedicado a nada en toda la tarde: cinco palabras para guardar ahí adentro cualquier cosa que hiciera falta guardar, una amistad de la infancia, un primo segundo, un marido de toda la vida, alguien con quien una se cruzó una sola vez en un tren.
Le pareció, por un segundo, casi cómico que un formulario tuviera que resolver con una cruz lo que a ella le había costado cincuenta años no terminar de resolver ni siquiera para sí misma.
Ayelén leyó en voz alta, marcador en mano, ya casi de memoria de tanto repetir esa misma pregunta en tantas otras casas:
—Relación con Beatriz Aguirre.
Y esperó la cruz.
—Compañera —dijo Nora.
Ayelén asintió y llevó el marcador hacia el casillero.
El marcador se movió despacio, con esa lentitud un poco mecánica de un gesto repetido demasiadas veces, y a Nora, que lo siguió con los ojos todo el trayecto, ese medio segundo se le estiró de un modo que no guardaba ninguna proporción razonable con la cantidad real de tiempo que estaba pasando.
Sintió el silencio de la cocina de un modo nuevo, como si recién en ese instante notara que el grabador seguía prendido, que la luz de afuera había bajado un poco más, que sus propias manos, quietas sobre la mesa, estaban más frías de lo que hacía un minuto.
La punta del marcador estaba a menos de un centímetro del casillero que decía Compañera cuando Nora, sin haber terminado de decidir nada con ninguna parte consciente de la cabeza, ya se escuchó decir:
—No —dijo Nora.