Chapter 68
LXVII
En los últimos meses, la madre de Nora ya no distinguía casi nunca en qué año estaba, ni cuántos hijos tenía, ni si Rubén, que la visitaba todos los domingos con la misma paciencia con que había visitado a su propia madre, era su yerno o algún sobrino que no terminaba de ubicar.
Nora iba dos veces por semana al geriátrico de Tolosa, se sentaba en la silla de siempre, y aprendió, con el tiempo, a no corregirla cuando confundía las fechas, porque corregirla no servía para nada salvo para que su madre se angustiara sin necesidad.
Una tarde de otoño, mientras Nora le acomodaba la manta sobre las piernas, su madre la miró con una fijeza que hacía meses que no tenía, una lucidez momentánea de esas que a veces vuelven justo antes del final, y dijo, sin ningún preámbulo:
—¿Y tu compañera? ¿Vino con vos?
Nora se quedó quieta, con la manta a mitad de camino entre las manos.
—¿Qué compañera, mamá?
—La de la facultad. La que vivía con vos. Hace mucho que no la veo.
No había manera de saber si su madre estaba hablando de 1976 o de una vecina cualquiera de sesenta años atrás, ni si el hilo que había encontrado en su cabeza tenía algo que ver con lo que Nora pensaba que tenía que ver. Pudo haber sido cualquier cosa. Pudo, también, no haberlo sido.
—No, mamá. Hace mucho que no la veo yo tampoco —dijo Nora, y fue, en cincuenta años, la frase más parecida a la verdad que le había dicho a su madre sobre el tema, aunque las dos, en ese momento, la escucharan como algo completamente distinto.
Su madre asintió, conforme, y se quedó mirando la ventana el resto de la visita, sin volver sobre el asunto.
Murió tres semanas después, un martes, con Nora tomándole la mano y sin ninguna otra palabra que se pareciera a esa.
En el responso, el cura dijo las cosas generales y ciertas que se dicen siempre, y Nora, parada en la primera fila, pensó que su madre se había ido de este mundo con la única pregunta correcta que alguien, en cincuenta años, le había hecho sobre Beatriz, sin saber siquiera que la estaba haciendo.