Chapter 67
LXVI
Un día de mayo, a mediados de los ochenta, Nora se despertó y encontró la cama vacía del lado de Rubén, todavía tibio, y lo encontró, un rato después, sentado en el fondo, en el banco de madera que él mismo había hecho para tomar mate al sol, con la mirada puesta en el limonero y una taza que se le había enfriado hacía rato sin que la tocara.
No le preguntó qué le pasaba. Sabía, para entonces, exactamente qué día era, y sabía también que no era un día para preguntas.
Salió con su propia taza, se sentó al lado de él, no enfrente, en el mismo banco, mirando hacia el mismo limonero, y se quedó ahí un rato largo sin decir nada, en un silencio que no tenía nada que ver con el de todos los días, sino con el otro, el que las dos partes del matrimonio se debían mutuamente desde hacía años sin haberlo escrito en ningún lado.
En algún momento, sin que Nora se lo preguntara, Rubén dijo, mirando el árbol y no a ella:
—Le hubiera gustado este limonero. A Marta. Tenía uno en la casa de la infancia, en Berisso.
Fue, en cuarenta y nueve años, una de las pocas veces que Rubén dijo el nombre completo en voz alta delante de ella, sin que se lo preguntaran, sin ninguna necesidad práctica de decirlo.
Nora no contestó nada. Le puso una mano sobre la rodilla, un segundo, el mismo gesto que él se había guardado de hacerle a ella aquella noche de junio en la cocina, y los dos se quedaron ahí, sentados, hasta que el sol calentó lo suficiente como para que valiera la pena, por fin, levantarse a hacer algo.