Chapter 66
LXV
Hubo, todos los años, una noche de junio —nunca le dijo a Rubén por qué, y él, con la delicadeza de quien decide no preguntar ciertas cosas, tampoco preguntó nunca— en que Nora se quedaba despierta hasta tarde, sentada en la cocina con la luz apagada, sin hacer nada, sin llorar siquiera casi nunca, solamente sentada, hasta que se le pasaba.
La única vez que Rubén la encontró así fue en algún junio de principios de los ochenta, con los chicos ya dormidos arriba y la casa entera a oscuras salvo por la luz de la calle que entraba filtrada por la cortina de la cocina, una luz amarilla y floja que apenas alcanzaba para distinguir los bordes de las cosas: la mesa, la heladera, la silueta de Nora sentada de perfil, con las manos quietas sobre la falda y la mirada puesta en ningún lugar en particular.
Rubén se paró en la puerta de la cocina un momento, en piyama, todavía medio dormido, y no preguntó qué pasaba ni encendió la luz.
Cruzó la cocina despacio, corrió la otra silla —la que raspaba un poco contra las baldosas, la que siempre había que levantar apenas para que no hiciera ruido— y se sentó al lado de ella, no enfrente, sino al lado, mirando hacia el mismo punto vacío que miraba Nora, como si hubiera algo ahí que mirar.
No la tocó. No le puso la mano en el hombro ni le acercó la silla ni le preguntó si estaba bien, ninguno de esos gestos que otro marido, en otra cocina, hubiera hecho creyendo que ayudaban.
Se quedaron así un rato largo, y después otro más largo todavía, sin que ninguno de los dos dijera una palabra, hasta que la luz amarilla de la calle empezó a competir, de a poco, con una luz distinta, más gris, que entraba por la ventana del fondo y que ninguno de los dos nombró en voz alta, aunque los dos sabían perfectamente lo que era: el amanecer, llegando despacio, como llega siempre, sin pedir permiso.
En algún momento de esas horas —Nora nunca supo precisar cuál— dejó de sentir la opresión en el pecho que la había sacado de la cama, y no fue porque hubiera resuelto nada ni porque Rubén hubiera hecho nada en particular para resolverlo, sino simplemente porque el tiempo, acompañado, pesaba distinto que el tiempo solo.
A la mañana siguiente ninguno de los dos mencionó nada.
Rubén se levantó primero, puso la pava para el mate como todos los días, y cuando Nora bajó ya vestida, con los chicos gritando algo desde el patio, le sirvió el primer mate sin decir una palabra sobre la noche, sin ninguna mirada cargada de significado, como si la cocina a oscuras hubiera pasado en otra casa, en otra vida, y sin embargo esa fue, en cuarenta y nueve años de matrimonio, la conversación más honesta que tuvieron sobre el tema, sin que ninguna palabra la compusiera.