La versión pulida Chapter 65
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Chapter 65

LXIV

—Vos sos Nora —dijo Marisa, sin ningún signo de pregunta, más constatando que preguntando.

—Marisa —dijo Nora, y el nombre le salió de un lugar de la memoria que no visitaba hace años, intacto.

No hablaron de Beatriz. Hablaron, en el rato incómodo que duró hasta que llamaron a una de las dos por su turno, de cosas chicas: que Marisa vivía ahora en Quilmes, que tenía dos hijos, que había dejado la facultad esa misma época, ella también, aunque por otras razones que no explicó y que Nora no le preguntó.

Las dos evitaron, con el mismo cuidado profesional con que se evita un charco en la vereda, cualquier frase que las obligara a mirar para atrás.

—Me alegro de verte bien —dijo Marisa, cuando la llamaron.

—Igualmente —dijo Nora.

No intercambiaron teléfonos. No hizo falta decirlo para que las dos entendieran que no iban a buscarse, no porque no quisieran sino porque las dos habían construido, cada una por su lado, una vida entera sobre la costumbre de no mirar para ese lado, y encontrarse de nuevo, cualquier tarde, para tomar un café y recordar, hubiera significado abrir una puerta que las dos, por separado, habían decidido, sin decírselo nunca a nadie, mantener cerrada.

En 2005, una noche, mirando el noticiero después de la cena, Nora escuchó a una de las Madres, en una nota sobre un juicio que recién empezaba, usar la palabra "compañeras" para nombrar a dos mujeres desaparecidas juntas, presentadas así, sin ninguna aclaración adicional, como si la palabra alcanzara y no hiciera falta explicarla.

Nora no dijo nada. Siguió cortando la fruta del postre.

Pero esa noche, mucho después de que Rubén se hubiera dormido, se quedó sentada en la cocina más tiempo del habitual.