La versión pulida Chapter 64
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Chapter 64

LXIII

Cuando Valeria entró a la secundaria, en algún año de mediados de los noventa que Nora ya no ubica con exactitud, empezó a cerrar la puerta de su cuarto con una prolijidad nueva, distinta de la que tenía de chica, y a guardar un cuaderno forrado con papel madera debajo del colchón, un escondite tan poco original que Nora lo encontró la primera vez que cambió las sábanas sin buscarlo siquiera.

No lo abrió. Lo dejó exactamente donde estaba, cerró el colchón encima, y no dijo una palabra, ni esa vez ni ninguna de las siguientes en que volvió a sentir, cambiando las sábanas, el bulto rectangular debajo de la mano.

La discusión, cuando llegó, no fue por el cuaderno sino por un muchacho de un curso más grande que la pasaba a buscar en moto y del que Valeria se negaba a dar más datos que el nombre de pila.

—¿Y el apellido? —preguntó Rubén, una noche, con más curiosidad que exigencia.

—No importa el apellido, papá.

—A mí me importa.

—A vos no te tiene que importar todo.

La discusión subió de tono más de lo que la ocasión ameritaba, con Rubén insistiendo en un principio de autoridad que no era muy propio de él y Valeria contestando con un portazo que hizo temblar el vidrio del aparador, y en algún momento, en medio de eso, Nora, que hasta entonces había escuchado desde la cocina sin meterse, dijo, sin levantar mucho la voz:

—Dejala. No tiene por qué contarnos todo.

Rubén la miró con una sorpresa genuina, porque no era la frase que esperaba de ella, y menos en ese tono tan poco discutible.

—¿Vos también? —dijo, más desconcertado que enojado.

—Yo también —dijo Nora, y no agregó nada más, y no hizo falta, porque Rubén, después de un silencio corto, bajó los hombros y dejó el tema ahí, sin insistir.

Esa noche, ya en la cama, Rubén comentó, casi para sí mismo, que no entendía por qué Nora había salido en defensa de la nena en vez de en la suya.

Nora no le contestó con ninguna razón, porque la única que tenía era una que no pensaba dar nunca, ni a él ni a nadie: que una persona con una habitación entera cerrada con llave no tenía ninguna autoridad moral para pedirle a otra que abriera la suya, y que Valeria, con su cuaderno debajo del colchón y su muchacho sin apellido, tenía más derecho al silencio del que Nora, a esa altura, todavía se animaba a reconocerle.

Nunca más, ni esa vez ni ninguna de las siguientes en que le tocó cambiar esas sábanas, volvió a sentir necesidad de comprobar si el cuaderno seguía ahí. Lo dejó ser, con una disciplina que a ella misma la sorprendió, del mismo modo en que alguna vez hubiera querido que alguien dejara ser lo suyo.