Chapter 63
LXII
A mediados de los noventa, en el casamiento de Cecilia, a Nora le tocó bailar el vals con el padrino, porque el padre de la novia —que era Rubén— ya lo había bailado, según pautaron entre las tres mujeres de la familia, con la propia Cecilia primero y con nadie más después, una decisión que a Nora, cuando se la explicaron, le pareció rara pero no discutió.
Fue una fiesta grande, de esas con mesa de dulces y locutor de alquiler, en un salón de Gonnet que Cecilia había elegido después de ver seis, con las mesas todavía llenas de gente a las tres de la mañana y una banda de covers tocando cosas que Nora no reconocía.
En algún momento de la noche, entre el asado y el brindis, se encontró sola en una mesa lateral, mirando bailar a los novios, con una copa de champagne que hacía rato había dejado de burbujear.
Cecilia se acercó, ya con el vestido un poco desarmado de tanto baile, y se sentó al lado, no enfrente, un gesto que a Nora, sin poder explicar bien por qué, le hizo acordar a otra persona sentándose al lado de otra en otra cocina, muchos años antes.
—Gracias por venir —dijo Cecilia, que llevaba toda la noche recibiendo gente y parecía, por fin, sin nada más que decirle a nadie.
—¿A dónde más iba a ir? —dijo Nora, y las dos se rieron, un poco por la pregunta y un poco por el cansancio de la fiesta.
Cecilia se quedó un momento callada, jugando con la servilleta, y después dijo, sin que viniera a cuento de nada en particular:
—En la mesa de las fotos puse una de mi mamá. La de la sala. Se la pedí prestada a papá.
Nora no supo, en el momento, qué contestar, y no hizo falta, porque Cecilia, con la misma liviandad con que lo había dicho, ya se estaba levantando otra vez, reclamada por alguien del otro lado del salón.
Nora se quedó un rato más sentada, pensando que en algún momento de esos veinte años Cecilia había dejado de necesitar preguntarle a nadie por su madre, porque había encontrado, sola, su propia manera de tenerla presente sin pedirle permiso a la ausencia de nadie, y que esa foto chiquita en la mesa de al lado, entre tantas otras, era la prueba de que a Cecilia, a diferencia de Nora, no le había hecho falta esconder nada para hacerlo.