La versión pulida Chapter 62
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Chapter 62

LXI

Ayelén, del otro lado de todos esos años, debía de haber cambiado de posición en la silla, o tomado más agua, o mirado el reloj sin que Nora, todavía adentro del recuerdo, llegara a registrarlo.

Un enero de principios de los noventa, en la pileta de un club de Villa Elisa al que iban todos los veranos desde que los chicos eran chicos, Rubén se paró en el borde con la cámara familiar —una Kodak a las que había que cambiarle el rollo cada treinta y seis fotos y que él administraba con una tacañería casi religiosa, dos rollos por verano, ni una foto más— y les pidió a Valeria y a su hermano que dejaran de salpicarse un momento y se quedaran quietos.

—Un segundo nada más —dijo, con el ojo ya pegado al visor—. Miren para acá.

Los chicos, mojados, entrecerrando los ojos contra el sol de la una de la tarde, se quedaron un instante inmóviles al borde del agua, Valeria con los brazos cruzados sobre el traje de baño y su hermano haciendo, a último momento, una mueca que le iba a arruinar la foto a cualquier otra familia y que a la de ellos, con los años, le iba a parecer la parte más graciosa.

Rubén sacó la foto, bajó la cámara, y dijo, satisfecho, como si hubiera cerrado un trámite importante:

—Listo. Ya está.

Nora, sentada bajo la sombrilla con un vaso de limonada que se estaba entibiando más rápido de lo que ella lo tomaba, miró la escena entera sin moverse: el marido contando fotos como quien cuenta un gasto, los chicos volviendo al agua enseguida, olvidados ya de la cámara, el sol pegando parejo sobre las baldosas del borde de la pileta.

Pensó, sin ninguna solemnidad, que esa era, palabra por palabra, la vida que había elegido tener, y que la había elegido bien, y que no hacía falta que esa certeza discutiera con ninguna otra cosa que llevara adentro para seguir siendo cierta.

Esa foto —los chicos en la pileta de Villa Elisa, un poco desenfocada porque Rubén nunca terminó de acostumbrarse al foco manual— iba a terminar, años después, en la caja de galletitas Bagley del estante de arriba de la biblioteca, junto con el casamiento y la corbata ancha, entre las fotos que cualquiera podía mirar si entraba a la casa y preguntara por su vida.