La versión pulida Chapter 61
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Chapter 61

LX

—¿Quién es esta, mamá? —preguntó, llevándosela a la cocina con la misma naturalidad con que hubiera llevado cualquier otro hallazgo.

Nora se secó las manos en el repasador antes de agarrar la foto, y se tomó un segundo de más, un segundo que Valeria, a esa edad, no tenía forma de medir ni de sospechar.

—Una compañera —dijo—. De cuando yo estudiaba.

—¿Por qué está guardada ahí?

—Porque es vieja. Las cosas viejas se guardan en los libros.

A Valeria la explicación le alcanzó, como le alcanzan a los siete años casi todas las explicaciones que vienen de una madre con voz tranquila, y volvió a la lluvia y al dibujo, y se olvidó de la foto antes de terminar la tarde, dejándola sobre la mesada con el mismo descuido con que había dejado, un rato antes, un marcador sin la tapa.

Nora se quedó un momento con la foto en la mano, escuchando llover, pensando que era la primera vez en diez años que alguien más la había sostenido, y que el susto que sintió al verla en la mano de su hija no tenía nada que ver con que Valeria pudiera entender lo que estaba mirando —no podía, a los siete años, y Nora lo sabía perfectamente— sino con la sola idea de que el objeto hubiera salido, aunque fuera por un minuto y sin ninguna consecuencia, del único lugar del mundo donde ella todavía controlaba quién lo veía.

Esa noche, cuando la casa ya estaba callada, la guardó en un lugar distinto: no en la página donde solía estar, más o menos a la mitad del libro, sino bien al fondo, contra la tapa de atrás, en el hueco que quedaba entre las últimas hojas y el cartón duro de la contratapa, un escondite dentro del escondite que a partir de esa noche iba a seguir siendo el mismo, sin que nadie más volviera a encontrarla, durante los siguientes cuarenta y un años.