Chapter 59
LVIII
Una Nochevieja de mediados de los ochenta, en la casa de la hermana de Rubén en Los Hornos, con la mesa larga todavía sin levantar y una sobremesa que se estaba alargando más de lo prudente, alguien —una prima política, entusiasmada con una revista que acababa de leer en la peluquería— propuso un juego: que cada uno dijera el nombre de su primer amor de verdad, el primero antes de cualquier otro, sin trampa.
Fue rodando por la mesa entre risas, nombres de novios de la secundaria, un vecino de la infancia, un profesor de gimnasia que alguien confesó haber mirado más de la cuenta a los catorce años, y cuando le tocó el turno a Nora, con dos copas de sidra encima y la guardia más baja de lo que tenía por costumbre, le salió el nombre antes de que la cabeza llegara a frenarlo.
—Beatriz —dijo.
Hubo un segundo de silencio liviano, de esos que duran una fracción antes de que alguien decida si hay que reírse.
—¿Beatriz qué? —preguntó la hermana de Rubén, sirviéndose más sidra, sin ninguna sospecha en la pregunta, completando el dato nada más, como se completa cualquier otro en una mesa de fin de año.
—No, era una amiga —dijo Nora, y sintió que la corrección le salía demasiado rápido, más rápido de lo que hubiera salido una equivocación inocente—. Me confundí. Pensé en otra pregunta.
Se rió, para acompañar la corrección con algo, y el chiste le alcanzó, porque la mesa siguió de largo sin detenerse en ella.
—Mi primer novio se llamaba Hugo —dijo entonces, con una tranquilidad que la sorprendió a ella misma más que a nadie—. De la vuelta de mi casa. No duramos nada.
Hugo no había existido nunca. Le inventó un trabajo, un defecto y un motivo de ruptura tan aburridos que nadie volvió a preguntar.
Rubén, que escuchaba desde la otra punta de la mesa mientras pelaba una mandarina, no dijo nada.
No hizo ninguna pregunta, no la miró de un modo distinto al de siempre, y sin embargo, esa noche, en el auto de vuelta a City Bell, con los chicos dormidos en el asiento de atrás, Nora tuvo la sensación, por primera vez en años de matrimonio, de que algo de lo escuchado en esa mesa se le había quedado pegado a Rubén en algún lugar que no iba a nombrar nunca.
No le preguntó si era así. Prefirió no saberlo con certeza, y manejó el resto del camino mirando la ruta, mientras Rubén, a su lado, miraba para el mismo lado sin decir palabra, cómplice sin saberlo de una mentira que ni siquiera sabía que lo era.