La versión pulida Chapter 58
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Chapter 58

LVII

Cuando Cecilia cumplió trece años, ya hacía rato que había dejado de decirle "la señora" a Nora delante de las visitas, un progreso silencioso que a ninguna de las dos se le hubiera ocurrido festejar en voz alta, pero que las dos registraron.

Vivía con ellos de lunes a viernes desde hacía tiempo; Nora le preparaba la vianda del colegio, le cosía el dobladillo del uniforme, discutía con ella por la hora de vuelta de los bailes de los sábados con la misma vehemencia con que iba a discutir, años después, con Valeria por motivos casi idénticos.

Una tarde de domingo, mientras las dos pelaban papas en la cocina —una tarea que a Cecilia, a esa edad, ya le resultaba una imposición injusta y se lo hacía saber pelando cada papa con una lentitud demostrativa—, preguntó, sin ningún preámbulo, mirando el pelador y no a Nora:

—¿Vos la conociste? A mi mamá.

—No —dijo Nora—. Se murió antes de que yo conociera a tu papá.

—¿Y él te habla de ella?

—A veces. No mucho.

—A mí tampoco —dijo Cecilia, y había, en la manera de decirlo, menos reproche del que Nora hubiera esperado y más una especie de constatación cansada, la de alguien que ya se había resignado hacía tiempo a la escasez de esa información y solo, cada tanto, volvía a probar por las dudas—.

Tengo una foto nada más. La de la sala, la del casamiento.

Nora conocía esa foto: Rubén joven, de traje, con una mujer de sonrisa forzada por la pose, muy parecida —Nora lo pensó esa misma tarde por primera vez, y después nunca dejó de pensarlo cada vez que pasaba delante del portarretratos— a la foto de estudio que años más tarde iba a encontrar guardada en una caja rotulada con el nombre de la propia Cecilia.

—A lo mejor un día te cuenta más —dijo Nora, sin mucha convicción, sabiendo, mientras lo decía, que no era una promesa que estuviera en condiciones de hacer en nombre de Rubén.

—A lo mejor —dijo Cecilia, sin ninguna esperanza puesta en la frase, y volvió a las papas.

Nora no supo, esa tarde, qué más decir, ni tenía en realidad mucho más para dar: dos veces había visto a Rubén guardar silencio ante una pregunta parecida, y las dos veces había entendido que insistir no iba a conseguir nada salvo hacerlo sufrir.

Lo único que hizo, esa tarde y las que siguieron, fue una cosa chica: dejó de decirle a Cecilia, cuando la nena preguntaba por su madre, que no había mucho para contar.

Empezó a decir, en cambio, que no lo sabía, que le preguntara a su papá, una diferencia mínima que a Nora, sin embargo, le pareció importante: no cerrar la puerta ella misma en nombre de otro.

Fue, esa tarde de las papas, la primera vez que a Nora se le ocurrió, con una claridad que no había tenido hasta entonces, que ella y su hijastra tenían en común algo mucho más profundo que el apellido de un hombre: las dos vivían al lado de una ausencia que otra persona custodiaba con llave, y ninguna de las dos, por más que preguntara, iba a conseguir esa llave si el que la tenía no decidía, alguna vez, prestarla.