La versión pulida Chapter 56
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Chapter 56

LV

Fueron cuarenta y nueve años de matrimonio.

No los describe como infelices, y le molesta, incluso ahora, cualquier relato que pretenda simplificarlos en esa dirección, porque hubo en el medio dos hijos que quiso y sigue queriendo sin ninguna reserva, hubo veranos en la costa, hubo la satisfacción chica y real de una casa que se fue armando de a poco, ladrillo por ladrillo, con el limonero que plantó el primer invierno.

Rubén fue, a su manera callada, un hombre bueno, que nunca levantó la mano ni la voz, que llevaba puntual la plata a fin de mes, que se ocupó de sus hijos con una dedicación que muchos padres de esa generación ni siquiera intentaron.

Los veranos, casi todos, los pasaron en el mismo balneario de la costa, en una casilla de madera que alquilaban siempre a la misma familia, con Rubén armando la sombrilla cada mañana con el mismo ritual de maldiciones contra el viento, y Nora leyendo en la reposera novelas que compraba en el kiosco de la esquina y que después regalaba, terminadas, a la vecina de la casilla de al lado.

Los domingos de invierno, cuando los chicos ya eran grandes y no había playa que armar ni sombrilla que pelear con el viento, Rubén cocinaba un guiso que le quedaba siempre demasiado salado, y que todos, él incluido, comían dos platos igual, sin decírselo.

Esa felicidad completa, sin ninguna reserva ni ningún cálculo, que Valeria le dio desde la primera noche, durante mucho tiempo le costó hacerla convivir, en su cabeza, con la otra cosa que llevaba adentro, hasta que entendió, ya más grande, que no hacía falta que convivieran demasiado bien.

Podían, simplemente, estar las dos, una al lado de la otra, sin pedirse permiso.