La versión pulida Chapter 54
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Chapter 54

LIII

Rubén tenía costumbres que a Nora le llevó meses aprender y que después le iban a durar toda la vida: el mate lo cebaba siempre él, nunca dejaba que se lo cebaran; los domingos comía lo mismo, puchero o pastel según la estación, sin ninguna curiosidad por variar; se dormía siempre antes que ella, con el velador prendido, y a Nora, esa luz encendida que al principio le molestaba para leer, con los años se le volvió una compañía que no sabía nombrar de otra forma.

Nora notó, ya en ese primer invierno, un día del año en que Rubén amanecía distinto: más callado que de costumbre, con una demora rara para levantarse de la cama, un silencio que se le quedaba pegado buena parte de la mañana y que a la tarde, sin ningún aviso, se le pasaba solo, como si hubiera cruzado una fecha sin nombre y del otro lado ya pudiera seguir el año como si nada.

Pasó una vez, y Nora no preguntó. Pasó una segunda vez, casi un año después, casi el mismo día —un día de mayo, notó, sin buscar la coincidencia— y tampoco preguntó, aunque para entonces ya sospechaba, sin que nadie se lo hubiera confirmado, que ese día tenía nombre y que el nombre no era el de ella.

Rubén, a su vez, nunca preguntó por los junios de Nora, esas noches de vez en cuando en que ella se quedaba sentada en la cocina a oscuras sin explicar por qué.

Fue, sin que ninguno de los dos lo dijera en esos términos ni en ningún otro, el primer acuerdo verdadero del matrimonio, anterior a cualquier otro que hicieran después: cada uno iba a tener un día del año que le pertenecía enteramente a su propio muerto, y ninguno de los dos iba a pedirle al otro la llave de esa puerta.

No fue un acuerdo triste, o no solamente.

Tenía también su costado liviano, casi cómodo: los dos habían encontrado, sin buscarlo, a alguien capaz de dejar en paz exactamente lo que necesitaban que los dejaran en paz, algo que ninguno de los dos, hasta entonces, había sabido pedir con esas palabras ni esperaba encontrar en un ingeniero de treinta y pocos que cebaba mate como si fuera una ceremonia con reglas propias.

Con el tiempo, ese silencio compartido se les fue haciendo casa, tan casa como el limonero, tan casa como la taza celeste que Rubén se compró para él solo porque nunca quiso tomar de la de lata que Nora guardaba en el fondo de la alacena y que jamás le preguntó de dónde había salido.