Chapter 53
LII
El primer invierno en la casa de City Bell, con las cajas de la mudanza todavía sin abrir del todo en el garaje, Rubén llegó un sábado con un pomo de almácigo envuelto en papel de diario y lo dejó sobre la mesa de la cocina sin ninguna ceremonia.
—Un limonero —dijo, como respondiendo a una pregunta que Nora no le había hecho—. El de mi vieja daba limones todo el año. Vas a ver.
Lo plantaron juntos esa misma tarde, en el fondo, cerca del alambrado, Rubén cavando el pozo con una pala que le quedaba grande de mango y Nora sosteniendo el pomo con las dos manos como si pudiera lastimarse si lo apoyaba mal.
No hablaron de gran cosa mientras lo hacían —la tierra estaba dura, el frío no ayudaba, había que terminar antes de que oscureciera del todo— y sin embargo a Nora, agachada en esa tierra que todavía olía a nada, a casa recién estrenada, esa tarde se le quedó grabada con una nitidez que no le encontraba del todo explicación, salvo que fuera, simplemente, la primera vez en mucho tiempo que estaba plantando algo en lugar de escondiendo algo.
—No va a dar nada este año —dijo Rubén, sacudiéndose la tierra de las manos—. Ni el que viene, probablemente. Estos árboles se toman su tiempo.
—Está bien —dijo Nora—. No tengo apuro.
Fue, de todo lo que dijeron esa tarde, la frase que más se le quedó, aunque en el momento no le hubiera dado ninguna importancia especial: no tengo apuro, dicha sin ironía, sin doble sentido, refiriéndose nada más que a un árbol que iba a tardar años en dar sus primeros limones.
Con el tiempo el limonero creció torcido hacia el lado del sol, dando más sombra que fruta la mayoría de los años, y Nora, cada vez que lo regaba, se acordaba, sin proponérselo, de esa tarde de frío y de tierra dura, y de una certeza chica que entonces no supo nombrar del todo: que con Rubén, al menos, había cosas que se podían plantar sin miedo a que alguien viniera a preguntar por ellas.