Chapter 52
LI
Una tarde de sábado, a los pocos meses de casados, con las cajas de la mudanza todavía apiladas contra la pared del que iba a ser el escritorio, acomodaban juntos los libros de Nora en los estantes nuevos, ella leyendo en voz alta los títulos para decidir el orden y Rubén pasándoselos de a uno, cuando de entre las páginas de una antología de poesía cayó al piso una foto suelta.
Rubén se agachó a levantarla antes que ella.
La miró un segundo —dos chicas jóvenes riéndose en el umbral de una casa, ninguna de las dos mirando a la cámara— con la misma atención distraída con que hubiera mirado cualquier otra cosa caída de una mudanza, un boleto viejo, una hoja seca prensada entre páginas.
—¿Quién es esta de acá con vos? —preguntó, sin levantar demasiado la vista, como quien hace una pregunta de las que no esperan mucho más que un nombre.
Nora sintió, por dentro, ese mismo apuro conocido de nombrar rápido para que la pregunta no tuviera tiempo de crecer.
—Una compañera de la facultad —dijo—. Beatriz.
—¿La que...? —Rubén no terminó la frase. No hacía falta: algo de lo que había escuchado, alguna vez, de boca de la madre de Nora o de algún comentario suelto de una prima en un asado, le alcanzaba para completarla solo.
—Sí.
Rubén se quedó mirando la foto un momento más de lo que la pregunta ameritaba, y a Nora, en ese momento, no le pareció curiosidad sino otra cosa, algo más parecido al reconocimiento: el mismo gesto, pensó después, que hubiera tenido ella si hubiera encontrado, en una de las cajas de él, una foto de Marta sin que nadie se la hubiera mostrado antes.
Rubén no le pidió que la guardara ni le preguntó nada más.
Cerró el libro con la foto adentro, se lo pasó, y dijo, ya buscando el siguiente:
—Este va acá, ¿no? Con los otros de poesía.
Esa misma noche, cuando Rubén ya dormía, Nora sacó la foto del libro donde la había dejado, la dobló al medio —el primer doblez, el que con los años se le iba a marcar tan hondo que la foto iba a terminar quebrándose ahí— y la volvió a guardar en el mismo libro, pero esta vez en el estante de abajo, el que quedaba a la altura de la mano cuando una se agachaba buscando algo y en realidad no buscaba nada.
No fue una decisión que pensara mucho. Fue, más bien, un gesto del cuerpo, el mismo tipo de gesto con el que Rubén, se enteraría muchos años después, guardaba una carta sin terminar en una caja rotulada con el nombre de su propia hija.