Chapter 51
L
La segunda vez que Nora fue a la casa de Rubén, un sábado de diciembre, todavía tres meses antes de la boda, la esperaba también su hija: una nena de seis años con dos trenzas desprolijas que se llamaba Cecilia y que la miró, apenas entró, con la desconfianza profesional de un portero que revisa una visita que no está en la lista.
—Capaz no te habla —le había dicho Rubén, en el auto, antes de bajar—. No le hables vos primero. Dejá que se acerque ella cuando quiera.
Nora hizo caso. Se sentó en el living, tomó el café que le sirvió Rubén, habló con él de cosas sin importancia, y no miró a la nena más de lo que hubiera mirado a un mueble, aunque todo el tiempo, con esa atención de reojo que años después iba a reconocer en sí misma cada vez que tuviera que manejarse con cuidado, supo exactamente dónde estaba y qué estaba haciendo: sentada en el piso, cerca del pasillo, vistiendo y desvistiendo a una muñeca de plástico que le faltaba un zapato.
Pasó media hora así. Después, sin ningún anuncio, Cecilia se paró, cruzó el living entero con la muñeca en la mano, y se plantó frente a Nora con la seriedad de quien viene a plantear un problema de verdadera importancia.
—Le falta el zapato —dijo, mostrándosela.
—Ya veo —dijo Nora—. ¿Y dónde puede estar?
—No sé. Por eso te lo digo a vos.
Buscaron juntas un buen rato, debajo de los sillones, entre los almohadones, en una caja de costura que la nena insistió en revisar aunque era evidente que ahí no podía estar.
No lo encontraron. Cecilia, en algún momento, se sentó en el piso con la muñeca descalza sobre la falda y anunció, sin ninguna tragedia en la voz, que capaz el zapato se había ido a vivir a otra casa, una explicación que a Nora, de todas las que había escuchado en la vida para justificar una pérdida, le pareció una de las más razonables.
—Puede ser —dijo Nora—. A veces pasa eso.
En el auto, de vuelta a Tolosa, Rubén no dijo nada durante varias cuadras, y cuando por fin habló fue solamente para decir, mirando el camino:
—Le caíste bien.
—¿Cómo sabés?
—Porque no dijo nada más de la muñeca en toda la tarde.
Nora no supo, en ese momento, si eso era una prueba de algo o solamente una frase amable de un padre que quería que las cosas salieran bien.
Lo que sí supo, esa noche, acostada ya en la pensión, fue que había pasado dos horas enteras sin pensar en nada más que en un zapato de plástico perdido, y que esa tontería tan chica, que ni siquiera alcanzaba para llamarse alivio, la hizo pensar, por primera vez desde junio, en algo que no era exactamente felicidad pero que se le parecía bastante, lo suficiente como para no espantarlo.