La versión pulida Chapter 50
71%

Chapter 50

XLIX

El día de la boda llovía desde temprano, una llovizna fina que no llegó a arruinar nada pero que obligó a mover las fotos de afuera de la iglesia hacia el atrio, apretados todos bajo el mismo techo chico, cuarenta invitados que ya no cabían del todo.

Nora se acuerda del vestido —blanco, sencillo, prestado de una prima que se había casado el año anterior y le quedaba un poco largo de mangas— más que de casi cualquier otra cosa de ese día, quizás porque fue lo único en lo que tuvo tiempo de pensar en detalle, entre el peluquero y la costura de último momento.

Bailaron el vals con una torpeza compartida —ninguno de los dos sabía bailar bien, y los dos lo sabían del otro sin habérselo confesado antes— y en algún momento de la fiesta, mientras cortaban la torta de tres pisos para las fotos, Nora sintió que sonreía con una cara que reconocía como propia pero que no terminaba de sentir enteramente suya, la misma sensación, pensó después, con que una se prueba una ropa ajena que igual le queda bien.

Esa noche, ya solos, Rubén no le preguntó nada de lo que ella no le había contado. Se sentó al borde de la cama, se sacó los zapatos con el mismo cuidado metódico con que hacía todo, y dijo, sin mirarla, como quien dice algo que lleva un rato pensando pero recién ahora se anima:

—No hace falta que estés bien hoy. Podés estar bien mañana, o el año que viene, o nunca. Yo no voy a preguntar.

Fue, de todo lo que Rubén le dijo en cuarenta y nueve años de matrimonio, la frase que Nora más guardó, la que más veces se repitió en la cabeza en los momentos en que la versión pulida amenazaba con desarmarse, porque fue la única vez que alguien, sabiendo lo poco que sabía, le ofreció explícitamente el permiso de no estar bien sin exigirle a cambio ninguna explicación.