Chapter 49
XLVIII
Rubén apareció en octubre, en un asado de la empresa donde trabajaba el padre de Nora: un ingeniero de treinta y pocos, viudo desde hacía dos años, con una hija chica que su madre le cuidaba entre semana.
Era un hombre tranquilo, de pocas palabras, con una tristeza propia —la de su primera mujer, muerta de un cáncer que se la llevó rápido— que a Nora, en ese momento, le pareció casi un idioma en común, aunque las dos tristezas no tuvieran, en rigor, absolutamente nada que ver entre sí.
Pidió por las dos sin consultarle, dos cafés y una porción de torta para compartir, y cuando el mozo se fue, se quedó en silencio un rato largo, no un silencio incómodo sino uno que no parecía necesitar que nadie lo llenara, hasta que dijo, mirando la taza:
—Mi mujer murió hace dos años. Cáncer. No hace falta que hablemos de eso, si no querés.
—No hace falta —dijo Nora, agradecida, sin saber todavía que Rubén le estaba ofreciendo, sin decirlo, el mismo trato que ella iba a necesitar de él el resto de la vida: que se podía compartir una mesa, una casa, cuarenta y nueve años, sin que nadie tuviera la obligación de contar lo que no quería contar.
No le preguntó nada de su vida. Ni de la facultad, ni de por qué la había dejado, ni de con quién había vivido antes en La Plata.
Habló de su hija, de su trabajo, del auto que le estaban arreglando, y cuando por fin le preguntó algo a Nora fue solamente si le había gustado la torta, y Nora dijo que sí, y era cierto, y por un rato, esa tarde de noviembre, no hizo falta que fuera cierto ninguna otra cosa.
La llevó a su casa antes de que oscureciera del todo.
En la puerta, no intentó nada más que decir "¿el domingo que viene?
", y Nora dijo que sí, y así, dos o tres domingos por vez, sin ningún apuro que ella pudiera reconocer como apuro, se fue armando entre los dos algo que ninguno de los dos llamó nunca noviazgo hasta que ya llevaba varios meses siéndolo.
Nora se dejó cortejar con una pasividad que en ese momento le pareció descanso y que solamente mucho después, ya vieja, iba a poder nombrar con la palabra exacta: anestesia.
No hubo, de su parte, ningún engaño consciente.
Tampoco hubo, hay que decirlo con la misma honestidad, ningún intento de buscar otra cosa.
Rubén ofrecía una vida entera, previsible, con nombre y apellido y domicilio fijo, en un momento en que cualquier vida sin esas tres cosas se había vuelto, de un día para el otro, una sentencia.
Se casaron en marzo del 78, nueve meses después de la desaparición de Beatriz, en una iglesia de Tolosa con cuarenta invitados y una torta de tres pisos que a Nora, mientras la cortaba sonriendo para las fotos, le pareció la cosa más ajena a su propia vida que había visto nunca.