Chapter 48
XLVII
La noche de septiembre en que se guardó la hoja mimeografiada en el fondo del cajón, antes de esconderla, la desdobló una vez más, sola en su cuarto, con la puerta cerrada y la luz baja para que no se filtrara por debajo.
No la desdobló para leer el texto, que ya se sabía casi de memoria, uno de esos escritos sobre la mujer y el trabajo y el cuerpo que circulaban fotocopiados de mano en mano, con la tipografía apretada y los bordes curvados de tanto doblarse.
La desdobló para mirar los márgenes, donde Beatriz, en algún momento de alguna de esas tardes de martes en la cocina fría, había anotado, con esa letra suya que se inclinaba siempre un poco hacia la izquierda, comentarios cortos al costado de ciertos párrafos: un "¡sí!
" subrayado dos veces, un signo de pregunta al lado de una frase que evidentemente no la convencía del todo, y en un margen inferior, sin ninguna relación aparente con el texto de al lado, un dibujo chiquito, casi un garabato, de lo que podía ser una flor o podía ser cualquier otra cosa, según quién lo mirara.
Esa letra inclinada hacia la izquierda, esos dos signos de pregunta, esa flor que capaz no era una flor, eran, en ese momento, más de Beatriz que cualquier foto que Nora pudiera haber conservado, porque una foto mostraba solamente la cara que Beatriz decidía poner para la cámara, mientras que esos garabatos al margen de un texto político mostraban algo que ni siquiera la propia Beatriz sabía que estaba mostrando: cómo pensaba, en qué momento se aburría, cuándo algo la entusiasmaba lo suficiente como para subrayarlo dos veces en vez de una.
Volvió a doblar la hoja exactamente por los mismos pliegues, la guardó en el fondo del cajón, y no la volvió a mirar, según se prometió esa misma noche, nunca más. La promesa duró, con algunas excepciones que prefiere no contar ni siquiera ahora, casi cincuenta años.