La versión pulida Chapter 47
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Chapter 47

XLVI

Una noche de esas semanas en Tolosa, tarde, cuando ya todos deberían haber estado durmiendo, Nora escuchó un ruido en el garage y bajó a ver, y encontró a su padre, en piyama, lijando una silla de madera que no tenía nada de roto, con una lamparita de mano colgada de un clavo y una concentración excesiva para una tarea que no la necesitaba.

No dijo nada al verla. Le hizo lugar, corriendo apenas un banquito con el pie, y Nora se sentó a mirarlo un rato, sin que ninguno de los dos dijera una palabra, mientras él seguía pasando la lija sobre una madera que ya estaba lisa desde hacía rato.

—Esta silla no tiene nada, papá —dijo Nora, por fin, con una media sonrisa.

—Ya sé —dijo su padre, sin dejar de lijar—. Me ayuda a pensar.

—¿A pensar qué?

Su padre se quedó callado un momento, con la lija quieta sobre la madera.

—Nada que se pueda decir con palabras que sirvan —dijo, y siguió lijando.

Fue lo más cerca que su padre estuvo nunca de reconocer, en voz alta, que sabía, o intuía, o temía, mucho más de lo que jamás le iba a preguntar directamente, y Nora, esa noche, sentada en ese garage frío a las dos de la mañana, entendió que su padre había elegido, para su propio miedo, la misma solución exacta que ella terminaba de elegir para el de ella: encontrar algo con las manos para no tener que mirar de frente lo que no tenía arreglo.

Se quedó otro rato más, sin decir nada, hasta que su padre, sin que ninguno de los dos lo hubiera acordado, dejó la lija a un lado y apagó la lamparita, y subieron juntos, en la oscuridad, sin necesitar decirse nada más.