La versión pulida Chapter 46
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Chapter 46

XLV

Fue un mediodía de julio, todavía en Tolosa, cuando tocaron el timbre y su madre, que atendió primero, volvió a la cocina con un paquete chico envuelto en un repasador a cuadros, atado con un hilo de cocina, y una cara de extrañeza que no llegaba a ser alarma.

—Dejaron esto para vos —dijo—. Una chica joven, en bicicleta. No se quiso quedar, ni dijo el nombre. Le pregunté y salió corriendo, casi.

Nora desató el hilo con las manos temblándole más de lo que el frío de julio explicaba, y adentro del repasador encontró la taza de lata, abollada del mismo lado de siempre, todavía con un resto seco de yerba pegado en el fondo que nadie se había tomado el trabajo de lavar. No había nota. No había nada más.

Se quedó un rato larguísimo con la taza entre las manos, en la cocina de sus padres, sin llorar, sin decir nada, tratando de entender qué significaba ese gesto: que alguien, en medio de todo lo que estaba pasando, se hubiera tomado el trabajo de rescatar justamente eso, de todas las cosas de la pieza de la pensión, y de hacerla llegar hasta Tolosa sin dejar ningún rastro de quién lo había hecho ni por qué.

Nunca supo quién fue. Lo pensó durante años, armó y descartó teorías —una compañera de la pensión, alguien de la casa de 63 que había pasado a buscar sus propias cosas, hasta, alguna vez, en un momento de fantasía nocturna que después le dio vergüenza haber tenido, la propia Beatriz, viva en algún lado, mandándole una señal—, y terminó aceptando, con los años, que algunas preguntas no tienen que cerrarse para poder vivir con ellas.

Guardó la taza esa misma tarde en el fondo de su valija, entre la ropa, como quien guarda algo que podría romperse con el roce de cualquier otra cosa.