La versión pulida Chapter 45
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Chapter 45

XLIV

Fue, entre esos mismos días, a dos comisarías distintas, con una excusa preparada de antemano —una prima que había dejado de escribir, decía, capaz que le había pasado algo—, una historia tan floja que ella misma, mientras la repetía, se escuchaba desde afuera y no se la creía.

En la primera no la atendió nadie con demasiadas ganas: un cabo le anotó el nombre de la supuesta prima en una libreta y le dijo que volviera en una semana, con el mismo tono con que se despacha un trámite de documento extraviado.

En la segunda, un hombre de civil sentado en un rincón del pasillo, sin uniforme, sin ningún papel en la mano, sin ninguna función visible salvo la de estar ahí, la siguió con la mirada todo el tiempo que estuvo adentro, sin decirle una palabra, y Nora sintió, por primera vez desde agosto del año anterior, la misma opresión exacta en el pecho que había sentido en aquella oficina con el calendario torcido en la pared.

Salió caminando rápido, sin correr, calculando cada paso para que pareciera un paso cualquiera y no una huida, y esa fue la última vez que preguntó en un lugar oficial.

Alguien, a mediados de junio, le dijo haber visto a una chica con las características de Beatriz subiendo a un colectivo en la estación de Constitución, viva, con custodia o sin ella, no quedaba claro, y Nora, durante dos días enteros, se permitió creer esa versión con una intensidad que después, mirada desde la distancia, le pareció casi una enfermedad: imaginó a Beatriz en Buenos Aires, escondida, esperando el momento de mandar alguna señal.

Al tercer día la misma persona le confesó, avergonzada, que se había confundido, que la chica del colectivo probablemente no era ella, que lo sentía.

Nora no le guardó rencor. Entendió, ese mismo día, que iba a pasar el resto de su vida haciendo exactamente lo mismo que había hecho esos dos días: agarrarse de cualquier cosa, por floja que fuera, con tal de no soltar del todo.

En esas mismas semanas empezó a hacer algo que no iba a dejar de hacer, con distintos grados de intensidad, durante el resto de la vida: elegir el asiento del colectivo de manera que pudiera ver quién subía después que ella, evitar quedarse parada cerca de la puerta, bajarse una parada antes o después de la que necesitaba si alguien la miraba más de lo que a ella le parecía normal que alguien mirara a una desconocida.

No sabía, la mayoría de las veces, si esas miradas eran reales o si las estaba inventando, y esa incertidumbre —no saber si el peligro era concreto o si ya vivía instalado adentro de su propia cabeza— terminó siendo, con los años, una de las cosas más difíciles de explicarle a nadie que no lo hubiera vivido: que el miedo, pasado cierto punto, deja de necesitar que lo persigan de verdad para funcionar igual de bien.

En julio se fue a vivir con sus padres a Tolosa, "por un tiempo", dijo, y el tiempo terminó siendo el resto de la vida.

En esa casa de Tolosa, que había dejado años antes para irse a vivir sola a la pensión, todo parecía haberse achicado sin que nadie tocara un solo mueble: el comedor, el patio, hasta las voces de sus padres, bajadas de tono como si el volumen normal de antes fuera ahora, por algún motivo que nadie explicaba, peligroso.

Su padre no le preguntó una sola vez qué había pasado con la facultad ni con la chica con la que había compartido la casa de 63, y ese silencio, que en cualquier otro momento de la vida de Nora hubiera sido un alivio, esos meses le pesó de un modo nuevo: entendió que su padre no preguntaba no por respeto sino por miedo a la respuesta, y que los dos, sin decírselo, habían decidido que la vida de Nora antes de junio del 77 iba a quedar clausurada como una habitación de la casa a la que ya no hacía falta entrar.

Lo que sí hizo su padre, con una insistencia que al principio a Nora le costó reconocer como lo que era, fue empezar a llevarla a todos los asados de los domingos, a todas las visitas de primos y de compañeros de trabajo, presentándola siempre con la misma frase, "mi hija, que se vino a vivir con nosotros un tiempo", dicha con una alegría un poco forzada, como quien exhibe una prueba de que en esa familia, a pesar de todo, las cosas seguían su curso normal.

Su madre, por su parte, empezó a comentar, cada vez con menos disimulo, que a tal o cual chica de la cuadra ya la habían pedido en noviazgo, que fulana se casaba en octubre, que no había que dejar pasar demasiado tiempo sola porque después costaba más.

—Mamá, no estoy sola. Estoy con ustedes —le dijo Nora, una tarde, más cansada que ofendida.

—Ya sabés a qué me refiero —contestó su madre, sin mirarla, doblando ropa que no hacía falta doblar en ese momento.

Nora lo sabía, en efecto. Sabía que su madre no le estaba pidiendo que se casara por conveniencia sino, a su manera torpe y bienintencionada, que volviera a ser una persona con un futuro que se pudiera nombrar en una sobremesa sin que nadie bajara la voz, y que ese futuro, para su madre, no tenía más que una forma posible.

Nora no se lo discutió. Descubrió, para su propia sorpresa, que tampoco le costaba demasiado querer, ella también, esa misma forma.

En agosto, un conocido de la facultad, uno de los pocos que le quedaban, la paró en la calle un mediodía y le dijo, sin preámbulo, mirando para los dos lados antes y después de la frase, que dejara de preguntar, que preguntar ya no servía para nada salvo para que alguien más terminara preguntando por ella.

Nora entendió el consejo por lo que era, y lo siguió.

En septiembre quemó, en el fondo del patio de sus padres, en un tacho de veinte litros que su padre usaba para las hojas secas, casi todo lo que la podía conectar con la facultad, con la JUP, con la casa de 63: apuntes, dos cartas de compañeras que ya no vivían más en La Plata, una lista de teléfonos escrita de puño y letra de Beatriz.

Se guardó, sin decidirlo del todo, sin poder explicarse después por qué esa sí y las demás no, una sola hoja mimeografiada, y la escondió esa misma noche en el fondo de un cajón, sin volver a mirarla en años.

De todo lo que había sido de Beatriz, lo único que Nora llegó a conservar fue la taza de lata.

Se la hizo llegar, sin ninguna nota, envuelta en un repasador viejo, alguien que nunca se identificó y a quien Nora, con los años, dejó de intentar adivinar quién había sido: una compañera de la pensión, tal vez, o alguien de la casa de 63 que había pasado a buscar sus propias cosas antes de que otros llegaran a hacerlo.

La guardó sin volver a usarla, y así se la llevó a Tolosa, y así, más tarde, a la casa de City Bell, donde iba a seguir cuarenta años en la misma alacena, sin que nadie le preguntara nunca por qué una taza tan fea y tan vieja seguía ahí.

Su madre, una sola vez, en esos meses, le preguntó qué había pasado con "esa chica que vivía con vos", con una delicadeza rara en ella, como si intuyera que no convenía preguntar más fuerte.

—Era compañera mía, de la facultad —dijo Nora.

Su madre no volvió a preguntar nunca más, ni esa vez ni ninguna de las que vinieron después, quizás porque la respuesta le alcanzó, quizás porque prefirió que le alcanzara.

No fue que Nora dejara de querer a Beatriz de golpe, en algún día preciso que pudiera señalar después.

Lo que pasó fue más incómodo que eso: de a poco, sin decidirlo, empezó a vivir.

Un almuerzo en el que se rió de algo, sin querer, y se sintió culpable el resto de la tarde.

Una tarde de sol en la que caminó hasta la costanera y por un rato, unos minutos nada más, no pensó en nada.

La culpa, al principio, era por seguir viva y ella no.

Después, con los años, la culpa cambió de forma: fue por empezar a olvidar los detalles exactos de su cara antes que los detalles de la taza o de la canción.

Más tarde todavía, ya con hijos, la culpa fue por la felicidad completa, sin reservas, que esos hijos le daban, una felicidad que no le dejaba, ya, ningún resquicio libre para seguir sufriendo con la dedicación de antes.

Y en la vejez, finalmente, la culpa se convirtió en otra cosa, algo más parecido a la memoria misma: no dolía todos los días, pero estaba, siempre, disponible, como una habitación de la casa que una no visita pero tampoco cierra con llave.

En octubre conoció a Rubén.