Chapter 44
XLIII
El domingo a la noche, cuando Nora volvió a la pensión, encontró a una compañera de la facultad esperándola en la vereda —Marisa, con la que hasta esa noche apenas había cruzado dos palabras—, que le habló rápido, en voz baja, mirando para los dos lados de la calle antes de cada frase, con esa gramática entrecortada que se usaba entonces para decir las cosas más graves.
—Nora, escuchame bien porque lo voy a decir una sola vez —dijo Marisa, sin ningún saludo previo, agarrándola del brazo con una fuerza que a Nora la tomó por sorpresa—. No vayas a lo de ella. No preguntes en la pensión. No digas mi nombre si alguien te pregunta quién te avisó.
—¿Qué pasó? —alcanzó a decir Nora, aunque una parte de ella, la que todavía no quería saberlo, ya lo sabía.
Marisa miró para los dos lados de la calle, una vez más, antes de decirlo.
Se la habían llevado el sábado a la noche, de la pensión de Beatriz, en un operativo con varios autos, sin ningún papel, sin ninguna orden que alguien pudiera mostrar.
Un vecino había visto algo y había alcanzado, dos días después, a hacer correr la voz a quien pudiera correrla sin exponerse demasiado.
Nadie sabía más. Nadie iba a saber más, nunca, ni esa semana ni las décadas siguientes.
Nora no se acuerda con exactitud de las horas siguientes.
Se acuerda de haber vomitado en el baño de la pensión, de haber guardado un bolso sin pensar bien qué guardaba, de haber caminado hasta la estación con la sensación física, real, de que la espalda le pesaba distinto, como si algo se le hubiera acomodado mal adentro del cuerpo y no fuera a volver nunca a su lugar.
Se acuerda, sobre todo, de una cosa muy chica y muy estúpida que se le quedó grabada más que ninguna otra: que en el apuro por salir de la pensión se olvidó el dibujo del perdón, el que Beatriz le había dejado bajo la puerta aquella vez, guardado desde entonces en el mismo cajón que, cuando volvió, días después, alguien ya había vaciado, y que durante años, cada tanto, sin ningún aviso, se acordaba de ese papel quedando solo en un cajón que ya ni siquiera existía, y eso, más que cualquier otra cosa, era lo que la hacía llorar, siempre de golpe, siempre en momentos que no tenían nada que ver, en una cola del banco, en un cumpleaños de sus hijos, lavando los platos.
Dejó la facultad esa misma semana. No volvió nunca.
—¿Recuerda la fecha exacta? —preguntó Ayelén, más bajo que antes.
—El 4 de junio. Un sábado gris, húmedo y pesado.
—¿Del 77?
—Del 77, sí.
Ayelén escribió la fecha y la subrayó dos veces. Nora no supo si eso era parte del protocolo o si se le había ido la mano. El celular de la chica se prendió sobre la mesa, el mismo nombre con el corazoncito, y esta vez Ayelén lo dio vuelta boca abajo.
—Perdón. Siga cuando quiera.
Nora no siguió enseguida. Afuera pasó alguien con una radio prendida, un partido, y se fue.