La versión pulida Chapter 41
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Chapter 41

XL

Hubo una tarde de sábado, a principios de ese año, en que Beatriz le había prometido a Nora encontrarse a las cuatro en la pensión, después de un trámite corto en la facultad, para acompañarla al cumpleaños de la tía Chela en Los Hornos, que cumplía setenta y había alquilado un salón con mesas largas.

A Beatriz, dijo, no le costaba nada. Nora tenía el regalo envuelto sobre la cama desde el mediodía, un pañuelo de seda que había pagado en dos veces, con un moño que rehizo tres veces porque ninguna le quedaba derecha.

La esperó hasta las seis y media, primero tranquila, después no, mirando la calle desde la ventana de arriba cada vez que pasaba un colectivo.

Beatriz apareció después de las siete, agitada todavía por una reunión que se había estirado sin que ella pudiera, según dijo, avisar a nadie.

Traía colgado el bolso de tela de la facultad, más cargado que de costumbre.

—Podrías haber mandado a alguien —le dijo Nora, más dolida que enojada, cuando ya no tenía sentido ir a ningún lado.

—¿A quién querés que mande, Nora? ¿A un compañero, a decirle "avisale a mi novia que llego tarde"? —contestó Beatriz—. Hay cosas más importantes hoy que tu tía.

Se dio cuenta un segundo después, por la cara de Nora. Quiso arreglarlo con un chiste y lo empeoró.

—Además, ¿qué me perdí? ¿Los sándwiches de miga y tu primo preguntándote cuándo te casás?

Se rió sola. Se sentó en la cama, sobre el regalo, y el papel crujió debajo de ella.

—Uy.

Lo sacó de abajo y trató de alisarlo con la palma. El moño quedó aplastado de un costado. Nora se lo sacó de las manos y lo puso arriba del ropero, sin mirarlo.

Beatriz se quedó callada un rato. Después se agachó, empujó el bolso de tela debajo de la cama de Nora, bien al fondo, contra la pared.

—Te dejo esto hasta el lunes.

—¿Qué es?

—Papeles. No lo abras.

—¿Acá? ¿Con la dueña que revisa hasta el tacho de basura?

—En la mía no puede quedar este fin de semana.

—¿Y en la mía sí?

Beatriz se encogió de hombros.

—A vos ya te soltaron una vez. Si te soltaron es porque para ellos no sos nadie.

Lo dijo como un argumento, sin mala intención, y eso fue lo peor. Nora no contestó. Beatriz miró la hora, dijo que tenía que volver a lo de un compañero a terminar algo, le dio un beso rápido en la boca, con la puerta ya entreabierta, y se fue.

Nora aguantó hasta las once. Comió dos galletitas de agua parada junto a la ventana, sin hambre.

Del otro lado de la pared, la dueña escuchaba un radioteatro con el volumen bajo y cada tanto tosía.

Cuando la radio se apagó, Nora esperó a oír el pasador de la pieza de al lado y la cadena del baño.

Recién entonces se arrodilló y sacó el bolso.

Eran volantes, doscientos o trescientos, todavía con olor a tinta, atados con piolín de a cincuenta.

No los leyó. Alcanzó a ver una palabra, "compañeros", y dio vuelta el paquete.

Los volvió a atar como estaban, con el nudo que le pareció el mismo, y empujó el bolso contra la pared.

Al rato lo sacó otra vez y lo metió en la valija de cartón, debajo del pulóver de invierno.

Después pensó que la valija era el primer lugar donde iban a mirar, y lo devolvió abajo de la cama.

Durmió vestida, con los zapatos al pie de la cama. No apagó la luz. Cada auto que bajaba por la calle la hacía sentarse.

El lunes Beatriz pasó a buscarlo a las ocho, antes de la facultad.

Se lo colgó al hombro sin preguntar nada, y Nora no le dijo que lo había abierto.

Se quedó con una bronca chica y precisa que no le contó a nadie, ni siquiera a la propia Beatriz cuando, días más tarde, se disculpó de verdad, a su manera, apoyando la cabeza contra su hombro sin decir nada más.