Chapter 40
XXXIX
En uno de esos asados de los sábados que organizaba el grupo más grande, antes de que empezara a reducirse, un compañero y su novia —una pareja declarada, pública, que se sentaba siempre junta y se tomaba de la mano sin que a nadie se le ocurriera comentar nada— discutieron y se reconciliaron delante de todos, con un beso largo que arrancó aplausos y silbidos de sobremesa.
Nora, sentada del otro lado de la mesa, sintió que la mano de Beatriz, debajo del mantel, le rozaba la pierna un segundo, un gesto mínimo, casi accidental para cualquiera que no supiera lo que Nora sabía, y que a ella el cuerpo entero le reaccionó de un modo desproporcionado a lo chico que era el gesto.
No podían hacer eso. No el beso, ni siquiera la mano encima de la mesa, ni siquiera sentarse tan cerca como esa otra pareja se sentaba sin que a nadie le pareciera raro.
Tenían, en cambio, esto: una rodilla que rozaba otra rodilla por casualidad aparente, una mirada que duraba un segundo más de lo necesario y que las dos sabían leer, un "pasame la sal" que decía otra cosa completamente distinta.
—¿Están bien ustedes dos? —preguntó alguien, en algún momento de la sobremesa, señalando el silencio entre Nora y Beatriz, que se había estirado un poco más de lo habitual.
—Bárbaro —dijo Beatriz, con una sonrisa que a Nora, esa noche, le costó más reconocer como actuación que cualquier otra de las que le había visto hacer—. Cansadas, nada más.
Nadie preguntó nada más. La pareja pública siguió besándose, ajena por completo a la cantidad de cosas que dos personas podían decirse esa misma noche, en esa misma mesa, sin tocarse.