La versión pulida Chapter 38
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Chapter 38

XXXVII

Beatriz cocinaba mal. Cocinaba de una manera casi ofensiva para cualquiera que tuviera un mínimo de paciencia con una hornalla, y sin embargo insistía, cada tanto, en hacer arroz, como si el fracaso sistemático de la vez anterior no contara para nada la vez siguiente.

Se le quemaba siempre, sin excepción, un fondo negro y pegado que raspaban entre las dos con la misma cuchara, riéndose, mientras afuera empezaba a hacerse de noche y adentro no había casi nunca suficiente luz porque el dueño anterior había dejado dos lamparitas quemadas que nadie se ocupaba de cambiar.

Nora le regaló, a las pocas semanas, una taza de lata, de esas para acampar, porque Beatriz se quejaba de que las tazas de loza de la casa le cambiaban el gusto al café, una idea sin ningún sustento que defendía con una convicción digna de mejores causas.

Beatriz la usó desde entonces siempre, la misma, abollada de un lado por una caída al piso de la cocina, y no dejó que nadie más la tocara.

Cantaba, a veces, mientras lavaba los platos, canciones de Sui Generis que se sabía enteras y desafinaba enteras también, corriéndose medio tono hacia abajo en cada estrofa, y cuando Nora se lo hacía notar contestaba, sin ninguna vergüenza, que cantar bien era una forma de conformismo burgués, y seguía cantando exactamente igual de mal.

No todo, en esos meses, fue liviano. Había noches en que Beatriz volvía tarde, nerviosa por algo que no contaba, y le hablaba a Nora con una impaciencia seca que no tenía nada que ver con ella: un "dejá, no importa" cortante cuando Nora preguntaba de más, un silencio que se estiraba adrede cuando Nora se demoraba, con miedo, antes de acompañarla a algún lado.

Una vez, después de una de esas discusiones chicas por nada, Beatriz le dijo, sin mirarla, que a veces se cansaba de tener que explicarle todo dos veces, que Nora venía de una familia que nunca había tenido que aprender a tener miedo de verdad.

La frase, aunque cierta a medias, le dolió a Nora varios días, sin que Beatriz, ya ocupada en otra cosa, pareciera darse cuenta ni una sola vez.

Las noches que se quedaban en la casa de 63 —no todas, nunca todas, siempre con el cuidado de no dejar un patrón demasiado visible para nadie que pudiera estar mirando— dormían en un colchón angosto puesto directamente en el piso del fondo, y cuando pasaba un auto despacio por la calle, cualquier auto, aunque fuera el vecino volviendo tarde del trabajo, las dos se quedaban quietas, sin hablar, con las manos buscándose sobre el hule frío de la mesa de la cocina si estaban ahí, o simplemente quietas una al lado de la otra si estaban en el colchón, hasta que el motor se perdía del todo calle abajo y una de las dos, generalmente Beatriz, soltaba el aire que había estado conteniendo con una risa corta, nerviosa, que quería decir bueno, esta vez tampoco fue nada.

Había noches, también, en que Beatriz se quedaba callada más tiempo del habitual después de hacer el amor, mirando el techo con una expresión que Nora aprendió a reconocer y a no interrumpir, y que una sola vez explicó en voz alta: "Me da culpa esto.

" No lo dijo con arrepentimiento, sino con la incomodidad de quien no encuentra dónde ubicar dos cosas verdaderas al mismo tiempo.

Esto, Nora entendió sin que hiciera falta preguntar, era la felicidad chica y completa de esa cama angosta, comparada con los compañeros que en ese mismo momento, en otra parte de la ciudad, no tenían ninguna cama segura donde estar callados.

Nora no supo qué contestarle esa noche, y en las siguientes en que el tema volvió a aparecer, de a poco fue encontrando una respuesta que nunca llegó a decir del todo en voz alta: que la felicidad de esa cama no le sacaba nada a nadie, y que si la culpa fuera la vara para medir quién merecía un poco de tranquilidad, no iba a quedar nadie con derecho a nada.

Nora no tiene, de ese año, ninguna foto donde las dos estén mirando a la cámara.

Tiene, nada más, esa cantidad de detalles chicos que se guardan sin que una decida guardarlos, y que cincuenta años después siguen ahí, intactos, con una nitidez que le falta a cosas mucho más recientes de su propia vida.