La versión pulida Chapter 37
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Chapter 37

XXXVI

—Tenemos que hacer algo —dijo Beatriz—. No podemos quedarnos calladas.

—¿Algo como qué?

—Como lo que sea. Repartir lo que tenemos. Ir a la facultad de él, hablar con la gente.

—Beatriz, dejá de ir a la facultad, aunque sea un tiempo. Un tiempo nada más.

—¿Vos me estás escuchando?

—Te estoy escuchando perfectamente. Por eso te digo que pares.

—No puedo parar.

—Podés. Todo el mundo puede.

Beatriz dejó la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria, no llegó a romperse, pero el golpe sonó como si hubiera querido.

—Vos no entendés lo que estás haciendo —dijo Nora, y lo dijo ya sabiendo, mientras lo decía, que era una frase injusta, pensada para lastimar más que para convencer, y la dijo igual.

—Sí. Vos sos la que no entiende lo que estás haciendo —contestó Beatriz, sin gritar, lo cual fue peor que si hubiera gritado—. Querés que esto no exista. Y existe.

—Yo no quiero que dejes de existir vos. Eso es lo único que quiero.

Ninguna de las dos supo qué decir después de eso.

Beatriz agarró su campera y se fue, dando un portazo que hizo temblar el vidrio de la ventana del frente, la misma ventana de la maceta, y Nora se quedó sola en la cocina con la pava hirviendo hasta que se dio cuenta, mucho después de lo que hubiera querido, de que tenía que apagar el fuego.

No se vieron ni se hablaron durante dos días, los dos días más largos que Nora recuerda de toda esa época, más largos incluso, a la distancia, que algunos de los días que vinieron después y que deberían, por lógica, pesar mucho más.

Al tercer día encontró, deslizado por abajo de la puerta de su pieza en la pensión, un papel doblado en cuatro con un dibujo hecho a las apuradas, malísimo, una figura que apenas se entendía como dos personas tomadas de la mano, con la palabra "perdón" escrita torcida arriba, sin firma, porque no hacía falta.

Nora nunca le dijo lo que pensaba en esos días, y lo que va a pensar, con distintas palabras, el resto de su vida: que las dos tenían razón, que el miedo de una no invalidaba la valentía de la otra, y que no había, en ese marzo de 1977, ninguna manera de tener las dos cosas al mismo tiempo.