La versión pulida Chapter 35
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Chapter 35

XXXIV

No hablaron. Hubo, primero, las manos —las mismas manos que un rato antes habían estado frías de nervios en el colectivo— buscándose con una urgencia que ninguna de las dos administró ni pensó administrar, la ropa de invierno estorbando de un modo casi cómico que ninguna se rió, esta vez, de notar.

Beatriz la empujó, suave pero sin ninguna vacilación, contra la pared fría de la cocina, y Nora sintió, mezclados en el mismo segundo, el frío del revoque en la espalda y el calor de todo lo demás, una contradicción que el cuerpo resolvió sin necesitar que la cabeza opinara.

—Estamos vivas —dijo Beatriz, contra su cuello, no como pregunta ni como alivio sino como una comprobación que necesitaba decir en voz alta para terminar de creérsela.

—Estamos vivas —repitió Nora, y en esa repetición había más verdad de la que ninguna de las dos había dicho en meses.

Lo que pasó después, esa noche, en el colchón del fondo, con la estufa apagada por seguridad y las dos igual sin sentir frío, fue distinto de todas las otras veces: menos cuidado, menos medida, con una desesperación que no era solamente deseo sino también, mezclado ahí adentro sin poder separarse, la necesidad física y exacta de comprobar, con el cuerpo entero, que ninguna de las dos había desaparecido todavía.

No hace falta contar más. Alcanza con decir que ninguna de las dos durmió gran cosa esa noche, y que ninguna de las dos, a la mañana siguiente, se arrepintió de eso ni por un segundo.

La lucecita roja titiló dos veces y se apagó.

—Uy, perdón. La batería. —Ayelén revolvió la mochila, sacó un cargador enrulado y buscó un enchufe con los ojos.

—Atrás de la panera —dijo Nora.

Mientras la chica se agachaba, Nora se sirvió agua. Le temblaba un poco el pulso y dejó la jarra antes de llenar el vaso.

—Listo. ¿Dónde estábamos? Me decía que se reunían en una casa de la calle 63.

—Sí. Una casa en la que se reunían varios grupos de militancia, en días distintos. Grupos de lectura, un foro de debate de delegados sindicales estatales, docentes y judiciales, un grupo ligado al teatro callejero. Y no recuerdo más.

—¿Vivieron allí algún tiempo?

—No. Yo estaba en una pensión y Beatriz en otra. La casa era un lugar de encuentro para la militancia, como te decía antes.

Era cierto. Ayelén lo anotó.