Chapter 34
XXXIII
—No hace falta que vengas si no querés —dijo Beatriz, ya guardando los volantes en la mochila, en un tono que dejaba bastante claro que la respuesta correcta era una sola.
Fueron caminando separadas, a una cuadra de distancia una de la otra, un método que Beatriz había armado con una lógica que a Nora le pareció, esa tarde, más aprendida de una película que de una necesidad real, hasta que a mitad de la segunda cuadra un auto bajó la velocidad, despacio, al pasar cerca de Beatriz, y Nora sintió que el corazón se le subía a la garganta de un modo que no tenía nada de cinematográfico.
El auto siguió de largo. Era, probablemente, alguien buscando dónde estacionar.
Se encontraron, como habían acordado, en la esquina de 13 y 60, y Beatriz, que llegó dos minutos después que Nora, traía la mochila ya vacía y una sonrisa nerviosa que quería parecer tranquila y no lo lograba del todo.
—¿Viste el auto? —preguntó Nora, todavía con el pulso alto.
—Vi un auto —dijo Beatriz—. No sé si era el mismo que viste vos.
Caminaron hasta la parada del colectivo sin hablar de otra cosa, y recién ahí, ya sentadas, una al lado de la otra, con las manos todavía frías por los nervios más que por el clima, Beatriz le agarró la mano a Nora, apenas un segundo, un gesto tan breve que cualquiera que las hubiera mirado desde afuera del colectivo no habría tenido tiempo de verlo, y dijo, mirando para adelante, no para ella:
—Gracias por venir.
Nora no le contestó con palabras. Se quedó mirando, por la ventanilla, las cuadras que iban dejando atrás, buzón por buzón, cada uno con un papel adentro que en unas horas alguien iba a sacar sin saber de dónde había salido, y pensó en la palabra que usaban todo el tiempo sin pararse a pesarla: compañeras.