Chapter 32
XXXI
La primera vez que se quedaron a dormir juntas fue unas semanas después de esa tarde de la pava, otra noche en que las demás no llegaron, la maceta ya adentro desde temprano por precaución, y se habían quedado leyendo hasta tarde, más tarde de lo prudente para volver caminando solas, y a ninguna de las dos se le ocurrió, o se le ocurrió y no lo dijo, proponer que una de las dos se fuera.
Durmieron vestidas la primera hora, cada una en un extremo del colchón angosto, con una distancia entre los cuerpos que las dos medían sin decirlo, hasta que Beatriz, en la oscuridad, dijo:
—Tengo frío.
Lo cual era, probablemente, cierto, y también, probablemente, no era solamente eso.
Nora se acercó, y las dos se quedaron quietas un rato largo, sin que pasara nada que se pudiera nombrar todavía, hasta que Beatriz se rió, de golpe, una risa nerviosa que no venía de ningún chiste.
—¿De qué te reís? —preguntó Nora, un poco ofendida, un poco aliviada de tener algo de qué agarrarse.
—De nada. De los nervios.
—Yo también tengo.
—¿Nervios de qué?
—No sé. De esto.
Fue una conversación torpe, llena de frases que no terminaban de decir lo que había que decir, interrumpida dos veces por un silencio que se estiraba demasiado y una vez por una risa compartida sin motivo claro, hasta que Beatriz, con una mano que le temblaba un poco más de lo que su voz dejaba entender, le corrió a Nora el pelo de la cara, un gesto tan simple que a Nora, a los setenta y cinco años, todavía se le aparece a veces con más nitidez que cosas que pasaron la semana pasada.
No hubo, esa noche, mucho más que eso. Un beso torpe, tardío, que llegó después de tanta demora que cuando por fin llegó las dos se rieron otra vez, esta vez de alivio, y se quedaron dormidas casi enseguida, agotadas menos por lo que había pasado que por el tiempo que les había llevado animarse a que pasara.
Antes de quedarse dormida del todo, Nora tuvo un momento —nada dramático, apenas un segundo de frío que no tenía que ver con la temperatura de la pieza— en que pensó en su padre, en la palabra exacta que usaría si llegara a saberlo, y la apartó enseguida, no porque no le importara sino porque esa noche en particular no quería que le importara.
Beatriz, como si le hubiera leído el pensamiento sin que Nora dijera nada, la abrazó un poco más fuerte, no de un modo romántico sino del modo en que se abraza algo que se quiere proteger de una corriente de aire, y dijo, ya casi dormida:
—Nadie tiene por qué enterarse de nada.
No estaba hablando solamente de la política, aunque las dos, esa noche, eligieron entenderlo así, porque era la parte del miedo que sabían nombrar en voz alta.
A la mañana siguiente Beatriz preparó café en la taza de lata, la única que tenían entonces, y se lo pasó a Nora sin decir nada sobre la noche anterior, sin ninguna solemnidad, como si el café de esa mañana fuera exactamente igual al de todas las otras mañanas, que no lo era, y las dos lo sabían, y ninguna lo dijo.