Chapter 31
XXX
Una de las chicas del grupo —le decían "la Colo", por el pelo, y Nora nunca llegó a saber su verdadero nombre completo, una omisión que en ese momento no le pareció extraña y que después, con los años, se le iba a volver una de las cosas que más la desvelaban— dejó de aparecer un martes de julio sin ningún aviso previo.
Las primeras semanas nadie dijo nada en voz alta.
Se limitaron a dejar, cada martes, una silla de más alrededor de la mesa, como si el gesto de no correrla pudiera, de algún modo, reservarle el lugar.
—Capaz se fue de vacaciones —dijo alguien, la segunda semana, sin mucha convicción.
—Capaz —dijo Beatriz, y no lo dijo como quien está de acuerdo sino como quien decide, por ahora, no discutir.
A la cuarta semana ya no quedaba nadie más que ellas dos, y la silla de más había dejado de correrse porque ya no hacía falta fingir que alguien podía llegar a ocuparla.
Nora, una noche, guardando los libros después de la reunión, preguntó lo que ninguna de las otras se había animado a preguntar en voz alta:
—¿Vos creés que le pasó algo?
—No sé —dijo Beatriz, y por primera vez desde que Nora la conocía, la respuesta le salió sin ninguna de las dos cosas que solía traer siempre pegadas, ni la bronca ni la convicción—. Y no hay ningún lugar donde preguntar que no sea peligroso preguntar.
Fue la primera vez que Nora escuchó a Beatriz decir, con esas palabras exactas, algo que sonaba a miedo sin sonar a debilidad, y por eso mismo, más que por cualquier otra cosa que hubiera pasado hasta entonces, esa noche entendió, con una claridad nueva, que lo que estaban haciendo las dos, martes tras martes, en esa cocina fría con la maceta corrida hacia afuera, no era jugar a nada.
No volvieron a nombrar a la Colo después de esa noche, ni esa semana ni ninguna de las siguientes, aunque durante meses, cada martes, antes de sentarse, alguna de las dos —a veces Nora, a veces Beatriz, sin que se lo dijeran nunca— seguía mirando un segundo de más hacia la puerta, un gesto que ninguna de las dos hubiera sabido explicar si la otra se lo hubiera preguntado, y que las dos, por eso mismo, se cuidaron siempre de no preguntar.
—¿Hubo otros compañeros del grupo que desaparecieron? —preguntó Ayelén. Tenía el marcador destapado encima de la carpeta, sin escribir.
—Una chica. Le decían la Colo. Una piba bárbara, de una intensidad que contagiaba a cualquiera.
—¿Se acuerda el nombre?
Nora corrió la azucarera unos centímetros y la volvió a poner donde estaba.
—Nunca lo supe. Una forma de cuidarse era no preguntar más de lo necesario. Una tarde la escuché hablar por teléfono en la casa de 63 con la madre, y me pareció oír que le decía que extrañaba su cuarto en Chivilcoy. Un día alguien cortó el cable y la casa se quedó sorda y muda.
Ayelén anotó algo corto. Nora alcanzó a leerlo al revés: "Colo", entre comillas, "Chivilcoy", y un signo de pregunta al lado. Ayelén esperó un poco por si venía algo más y después pasó a otra cosa.