Chapter 30
XXIX
—¿Ustedes son primas? —preguntó una vez, temprano, cuando Nora salía con el pelo todavía mojado, a una hora que no era la de alguien que hubiera llegado esa misma mañana.
—Amigas de la facultad —dijo Nora—. Nos turnamos para no pagar el alquiler solas.
Doña Rosa asintió, conforme, y siguió con la manguera. No era una mentira elaborada; no hacía falta que lo fuera. Alcanzaba con una frase liviana, del tipo que cualquier vecina acepta sin pensarlo dos veces, porque no tiene ningún motivo para pensarlo una sola.
Lo que a Nora, con los años, más la sorprendió de esa época no fue tener que mentirle a doña Rosa, ni a los vecinos, ni siquiera a su propia familia.
Fue tener que mentirles, con la misma frase liviana, a sus propios compañeros de militancia, a la gente que compartía con ellas el miedo grande, el de la calle, el de los autos sin patente, y que jamás iba a enterarse del otro miedo, el chico, el que Nora y Beatriz cargaban solas dentro del miedo grande, sin compartirlo ni siquiera con quienes más confiaban.
Los compañeros sabían por qué había que cuidarse de la calle.
Nadie, salvo ellas dos, sabía por qué había que cuidarse, además, puertas adentro.