La versión pulida Chapter 29
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Chapter 29

XXVIII

Por debajo de todo eso, sin interrumpirlo, Nora seguía sintiendo la madera de la mesa de su cocina bajo los brazos.

Leían lo que se podía conseguir, casi siempre mimeografiado, textos sobre la mujer y el cuerpo y el trabajo que venían de Buenos Aires sin firma completa.

Discutían con una seriedad que a la distancia a Nora le parece, todavía hoy, un poco cómica: dos pibas de veintipico peleándose por una frase de un texto mimeografiado, mientras afuera la ciudad se iba llenando, sin que ellas terminaran de medir la velocidad exacta, de autos sin patente.

Había una maceta de geranio en la ventana del frente. Si estaba corrida hacia el borde de afuera, la reunión seguía en pie. Si alguien la corría hacia adentro, esa semana no había nada, y la que había avisado con la maceta tenía, se suponía, una buena razón que después, casi nunca, contaba.

La primera vez que se quedaron solas fue por accidente, o por lo que en ese momento se podía todavía llamar accidente: las demás no llegaron, una por gripe, otra por un examen, la tercera sin explicación.

Beatriz puso la pava igual, por costumbre, y las dos se quedaron ahí, leyendo cada una lo suyo en silencio, hasta que Beatriz, sin levantar la vista del texto, dijo:

—Vos me mirás distinto que las otras.

No era una acusación. Era, más bien, una constatación hecha en voz alta, del mismo modo en que se dice que va a llover.

Nora no supo qué contestar, y el silencio que siguió duró lo suficiente como para que las dos entendieran que ya no hacía falta que nadie contestara nada.