Chapter 23
XXII
Después de la pregunta sobre Beatriz —¿todavía la extraña?
— y del silencio corto que vino después, Ayelén, como si necesitara un respiro tanto como Nora, apretó un botón del costado del grabador, una lucecita roja que hasta entonces Nora ni había registrado se apagó, y dijo, con una normalidad que a Nora, en ese momento exacto, le sonó casi milagrosa:
—¿Le sirvo un vaso de agua? Para mí, quiero decir. Si a usted también le viene bien.
Nora dijo que sí, y las dos se quedaron un momento en silencio mientras Ayelén se levantaba, buscaba un vaso en la alacena equivocada, encontraba la correcta en el segundo intento, y tomaba agua de la canilla con una familiaridad doméstica que a Nora, por algún motivo, la conmovió más que cualquier pregunta de toda la tarde: esa chica, en su cocina, abriendo alacenas como si tuviera algún derecho a hacerlo, un derecho que en rigor no tenía, y que sin embargo, en ese momento particular, a Nora no le molestó para nada.
—¿Puedo preguntarle algo que no tiene nada que ver? —dijo Ayelén, ya sentada de nuevo, todavía con el grabador apagado.
—Puede.
—¿Por qué guarda esa taza ahí, entre las buenas? —preguntó, señalando con la cabeza la taza de lata en el estante de la alacena que había quedado abierta—. Es la única que no hace juego.
Nora la miró un segundo, sopesando la pregunta, y decidió, por esa vez, no contestarla del todo.
—Es vieja —dijo—. Las cosas viejas a veces se quedan, nada más.
Ayelén asintió, sin insistir, y apretó de nuevo el botón. La lucecita roja volvió a encenderse, chiquita, casi invisible si una no sabía que estaba ahí, y la tarde, con ella, volvió a ponerse en movimiento.