La versión pulida Chapter 22
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Chapter 22

XXI

—¿Y la compañera con la que compartía la casa? —preguntó después, sin darle mayor peso a la pregunta, como quien completa un dato de color—. ¿Qué fue de ella?

Antes de que le saliera el nombre le salieron otras cosas, en el orden desordenado en que salen las cosas que una nunca se puso a ordenar para contarlas.

Una taza de lata abollada de un lado, que Beatriz usaba siempre porque decía que la loza le cambiaba el gusto al café.

Una olla de arroz que se le quemaba, sin excepción, todas las veces que la hacía ella, y que comían igual, raspando el fondo entre risas.

Una ventana con una cortina que nunca cerraba del todo bien, por donde entraba todas las mañanas la misma franja de luz sobre la misma baldosa despareja.

Una canción de Sui Generis que Beatriz cantaba siempre desafinada, corriéndose medio tono para abajo, y que se negaba a dejar de cantar por más que se lo dijeran.

Una sola discusión, por un motivo tan chico que hoy ni se acuerda cuál fue, que terminó con las dos calladas dos días enteros hasta que Beatriz le dejó, debajo de la puerta, un dibujo malísimo hecho con birome que decía perdón en letras torcidas, sin ningún talento para el dibujo y sin ninguna falta de él para lo otro.

Una mano chiquita, de uñas cortas y un poco comidas, quieta sobre el hule de la mesa de la cocina, mientras afuera pasaba despacio un auto sin patente y las dos se quedaban sin respirar casi hasta que el motor se alejaba del todo.

Recién después le salió el nombre.

—Se llamaba Beatriz —dijo—. Beatriz Aguirre.

Militaba en la JUP. La secuestraron en junio del 77, de la pensión donde vivía.

No hubo detención legal, no hubo traslado documentado, no hay una sola hoja con su nombre completo en ningún archivo de esta provincia.

El único lugar donde ese nombre sigue entero soy yo.

Ayelén anotó algo, un gesto rápido, y preguntó, con la misma liviandad con que se pregunta un dato de trámite:

—¿Y qué relación tenían?

—Éramos compañeras —dijo Nora, y la frase le salió sola, sin pensarla, la de siempre, tan gastada de uso que ya ni pesaba al decirla.

—¿Compañeras de militancia? —preguntó Ayelén, para precisar el dato nada más, sin ninguna intención detrás, solamente ordenando el archivo.

Nora no contestó enseguida. Se quedó mirando, sin querer, la taza de lata que hacía cuarenta años estaba guardada en la misma alacena, entre las tazas de loza de todos los días, sin que nadie en esta casa —ni Rubén, ni los chicos, ni ninguna visita— le hubiera preguntado nunca por qué una taza tan fea y tan vieja seguía ahí, ocupando un lugar que nadie le había pedido que dejara libre.

—Sí —dijo, por fin—. Compañeras de militancia.

Y algo, al decirlo, se le cerró en el pecho de una manera que no le había pasado las otras dos veces que contó esta misma historia.

Ayelén, por primera vez en toda la tarde, dejó de anotar.

No fue un gesto grande —ni siquiera bajó del todo el marcador que tenía en la mano— pero se quedó mirando a Nora un segundo de más, un segundo que no estaba en ningún protocolo ni en ninguna carpeta, y preguntó, esta vez sin la cadencia de trámite que había usado hasta entonces:

—¿Todavía la extraña?

No era una pregunta para el archivo. Nora lo supo por el tono, distinto de todos los demás, y por la cara de la chica, que parecía sorprendida de haberla hecho ella misma.

—Todos los días, no —dijo Nora, después de pensarlo—. Pero los días que sí, es como si no hubiera pasado el tiempo.

Ayelén asintió, esta vez sin escribir nada, y por un momento, uno solo, dejó de ser la entrevistadora del proyecto y fue, nada más, una chica de veintipico sentada en la cocina de una señora grande, sin saber muy bien qué decir después de haber preguntado eso.