La versión pulida Chapter 21
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Chapter 21

XX

—Documentos —le dijo uno de los de uniforme, un pibe que no le llevaba más de dos o tres años, con la gorra un poco grande para su cabeza.

Nora sacó la cédula del bolsillo del tapado, sosteniendo la bolsa de fideos contra las costillas con el otro brazo, y esperó mientras el pibe la miraba, se la pasaba a uno de civil, y el de civil la miraba también, más despacio, comparando algo en una lista que llevaba doblada en cuatro dentro del bolsillo del saco.

Nadie le explicó qué buscaban ni por qué.

Le dijeron que la iban a tener que acompañar, que era un trámite de rutina, la palabra "rutina" dicha con la misma cadencia con que se anuncia cualquier otra cosa, el horario de un colectivo, el precio del pan.

En la comisaría —no se acuerda el número, sí se acuerda del color de la pared, un verde clínico que después iba a reconocer en otras paredes de otros lugares por el resto de su vida— la hicieron sentar en un banco de madera, en un pasillo, durante tres horas que midió, al principio, contando baldosas, y después dejó de contar.

Otras dos mujeres esperaban en el mismo banco, sin hablar entre ellas, sin mirarse, cada una ocupada en su propio miedo como en un trabajo que no admitía compañía.

La hicieron pasar, por fin, a una oficina chica con un escritorio metálico y un calendario de almanaque de banco colgado torcido en la pared, todavía en la hoja de un mes que no era agosto.

Un hombre de civil, con guardapolvo blanco sobre la ropa de calle —un guardapolvo que a Nora, incluso entonces, con veintidós años y bastante menos mundo del que iba a tener después, le pareció mal puesto, como un disfraz alquilado para una fiesta de fin de año—, se presentó como médico y le pidió que se sentara.

Le preguntó por su salud, primero, con una amabilidad que no encajaba con nada de lo anterior. Le preguntó por el padre de Nora, a qué se dedicaba, si vivía todavía. Le preguntó si tenía novio.

—No —dijo Nora.

—¿Y eso por qué? —preguntó el hombre, con la lapicera quieta sobre una hoja donde no parecía estar anotando nada en particular, solamente sosteniéndola como quien sostiene un objeto para tener las manos ocupadas.

Nora dijo que no había conocido a nadie que le interesara, una respuesta que había ensayado sin saber que la iba a necesitar, una respuesta de manual, y el hombre asintió, anotó algo esta vez, y preguntó, sin cambiar el tono de todo lo anterior:

—¿Con quién vive?

—Con una compañera de estudio.

—¿Nombre?

Nora dijo un nombre. No el que hacía falta no decir.

Un nombre inventado en el momento, de una chica real de la facultad, una que no militaba en nada, que no había estado nunca en la casa de 63, que en algún momento de esos mismos meses se había ido a España a hacer un posgrado y no iba a enterarse jamás de que su nombre había quedado escrito en un formulario de una comisaría de La Plata por una razón que no tenía nada que ver con ella.

El hombre anotó el nombre falso sin mirarla, sin ninguna sospecha visible, y pasó a la siguiente pregunta, y a Nora el corazón le tardó un buen rato en volver a un ritmo normal, un rato que midió, esta vez sí, en la cantidad de preguntas siguientes que no llegó a escuchar del todo bien.

No hubo golpes. Eso lo dice siempre, cuando lo cuenta, casi como una aclaración necesaria, como si tuviera que justificar que lo que le pasó a ella no fue, en la escala de lo que le pasó a tanta gente esos años, gran cosa.

Hubo, nada más, dos noches en una celda con otras cuatro mujeres, un catre sin colchón, un balde en un rincón que nadie usaba mientras hubiera alguien más mirando, y una tercera mañana en que un guardia abrió la puerta y dijo su nombre, su nombre completo y verdadero esta vez, y le dijo que podía irse, sin ninguna explicación de por qué la habían llevado ni de por qué la soltaban, como si las dos cosas fueran igual de arbitrarias, que probablemente lo eran.

De esas dos noches, lo que menos se permite recordar en voz alta —lo que jamás entró en ninguna de las versiones que contó después, ni siquiera en la más larga, la que le dio una vez a un abogado de derechos humanos a mediados de los noventa— es lo demás: el olor cerrado de la celda, a humedad y a cuerpos y a algo parecido a lavandina mal disuelta, que se le pegó a la ropa y que todavía, décadas después, cualquier lavandina fuerte se lo hace acordar sin ningún aviso previo.

El ruido del pasillo, toda la noche, pasos que no siempre se detenían y a veces sí, puertas metálicas que golpeaban en algún punto que no podía ubicar, una radio lejana con un locutor que hablaba de fútbol como si nada de lo demás estuviera pasando en el mismo edificio.

La sensación física, muy concreta, de que el techo estaba más cerca de lo que tenía que estar, aunque la celda no fuera especialmente baja, una claustrofobia que no tenía que ver con el tamaño del lugar sino con la certeza de que la puerta no se abría desde adentro.

Nada de eso entra en la versión pulida. La versión pulida tiene fechas, tiene un número de días, tiene la palabra "rutina" y la palabra "liberada".

No tiene olor, ni tiene el ruido de esa radio, ni tiene el techo bajando.

La soltaron sin explicaciones, así como la habían llevado, y ese sin explicaciones tenía una forma física muy concreta: un guardia le devolvió la cédula sin mirarla a los ojos, otro le abrió una puerta que daba a un pasillo distinto del que había usado para entrar, y de golpe, sin ningún trámite intermedio que le permitiera prepararse, estuvo parada en la vereda de la comisaría, a plena luz del día, con la calle funcionando exactamente igual que si no hubiera pasado nada: un colectivo frenando en la esquina, un hombre vendiendo diarios, una mujer barriendo la vereda de enfrente.

Nada de eso encajaba con lo de adentro, y a Nora ese desencaje entre la calle y la celda le llevó varios minutos largos empezar a entender que ya no estaba presa, que podía, por ejemplo, cruzar la calle sin pedirle permiso a nadie, un pensamiento tan simple que la hizo sentir, por un momento, más rara que aliviada.

Caminó hasta la parada del colectivo con la misma ropa de tres días antes, sin la bolsa de fideos, que se había quedado en algún lugar de la comisaría o del control, nunca lo supo, y en su casa no contó del todo lo que había pasado, contó una versión más corta, más lavada, y esa versión más corta y más lavada, con los años, se convirtió en la única versión, la que le sale entera y sin esfuerzo cada vez que alguien le pregunta, la que le acaba de salir, otra vez, en su propia cocina, cincuenta años después, frente a una chica con un grabador más chico que un atado de cigarrillos.