La versión pulida Chapter 19
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Chapter 19

XVIII

La chica se llamaba Ayelén, tenía un grabador digital más chico que un paquete de cigarrillos y una carpeta con preguntas que en ningún momento sacó, porque prefería, dijo, que la conversación fluyera y no que pareciera un interrogatorio, palabra que usó sin pensar en lo que significaba para la persona que tenía enfrente, y que a Nora, por dentro, le arrancó una sonrisa que no mostró.

Ayelén hablaba con la fluidez un poco impostada de quien ha explicado el mismo proyecto muchas veces: mencionó el cruce de fuentes con la ex DIPBA, el protocolo de consentimiento informado, la diferencia entre archivo y testimonio, palabras todas correctas, todas necesarias para el trabajo que hacía, y todas absolutamente inútiles para nombrar lo que le había pasado a Nora un miércoles de agosto hacía cincuenta años.

Nora la escuchaba sin ninguna impaciencia, incluso con cierto cariño, pensando que esa distancia de vocabulario no era un defecto de la chica sino, simplemente, la distancia que hay siempre entre quien vivió una cosa y quien la clasifica.

En un momento, buscando la palabra justa, Ayelén dijo "el hecho traumático" y se corrigió enseguida, visiblemente incómoda con la palabra apenas la sacó, como si tuviera un manual mental de términos permitidos y prohibidos y hubiera pisado, sin querer, uno de los prohibidos.

—Perdón, no sé cómo decirlo mejor —dijo.

Nora estuvo a punto de decirle que no hacía falta que lo dijera de ninguna manera especial, que "lo que pasó" alcanzaba y sobraba, pero no dijo nada, porque entendió que a Ayelén ese cuidado del lenguaje no le salía de la burocracia sino de un miedo genuino a lastimarla, y a Nora, después de tantos años de que nadie midiera las palabras con ella con ese cuidado, la torpeza de la chica, paradójicamente, le resultó más cómoda que cualquier fluidez hubiera sido.

En algún momento de esos primeros minutos el celular de Ayelén se iluminó, boca arriba sobre la mesa, con un nombre y un corazón dibujado al lado; ella lo silenció sin mirarlo del todo, un gesto tan de su generación y tan ajeno a todo lo demás que estaba pasando en esa cocina, que a Nora, por un segundo, la distancia entre las dos le pareció más ancha que la de cincuenta años: era, también, la distancia entre dos maneras enteras de estar en el mundo.

—¿Puede contarme las circunstancias de su detención? —preguntó Ayelén.

Nora entró en el terreno conocido, el que tiene mapeado hasta el último cordón de vereda, y lo contó en el mismo tono parejo, casi administrativo, con que lo había contado las otras veces: la avenida 7, la bolsa de fideos, el control, la comisaría.

Ayelén asentía y tomaba notas aunque estuviera grabando, uno de esos gestos que la gente joven hace para que la persona mayor sienta que la están escuchando de verdad.