La versión pulida Chapter 17
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Chapter 17

XVI

El miércoles a la noche, la víspera, se sorprendió planchando un mantel que no usaba desde que murió Rubén, como si la entrevistadora fuera una visita de las de antes, de las que ameritaban mantel.

Se rió de sí misma a mitad de la plancha, sola en la cocina, una risa corta sin nadie que la escuchara, y siguió planchando igual.

Esa noche le costó dormirse, y cuando por fin lo consiguió fue con un sueño liviano, de esos de los que una se despierta cada hora sabiendo exactamente dónde está.

En uno de esos despertares, ya pasada la medianoche, se quedó un rato mirando el techo, pensando no en lo que iba a contar sino en lo que iba a pasar después de contarlo: que la palabra, una vez dicha en voz alta frente a un grabador prendido, dejaba de ser solamente de ella, que no había manera de pedirla de vuelta ni de aclararla después ni de decir que en realidad no había querido decir eso.

Cincuenta años la había cuidado adentro, donde nadie más que ella tenía llave, y en unas horas iba a soltarla en una cocina de la que no iba a tener ningún control, para que quedara ahí, grabada, prolija, disponible para cualquiera que un día quisiera escucharla.

No era miedo de lo que iba a decir. Era miedo, más bien, de dejar de ser la única dueña de cómo se decía.

Se levantó a tomar agua, y en el pasillo, a oscuras, la mano le rozó, sin buscarlo, la manga del pulóver gris de Rubén, todavía colgado en el mismo perchero donde llevaba dieciocho meses colgado, esperando una decisión que Nora no había terminado nunca de tomar.

Se quedó un momento con la tela entre los dedos, en la oscuridad, y por primera vez en dieciocho meses supo, con una claridad que no tenía nada que ver con la hora ni con el sueño, que no lo iba a usar nunca, y que tampoco hacía falta seguir dejándolo ahí colgado como si él pudiera todavía volver a buscarlo.

A la mañana siguiente, antes de que llegara Ayelén, lo dobló, sin mucha ceremonia, y lo puso en una bolsa que dejó junto a la puerta para llevar el sábado a la parroquia.

No fue una decisión solemne. Fue, más bien, la primera de las dos cosas que se sacó de encima esa semana, y la más fácil de las dos, con mucha diferencia.