La versión pulida Chapter 13
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Chapter 13

XII

Unas semanas antes de la carta, un mediodía de sábado, Cecilia pasó a devolver la fuente de vidrio que se había llevado prestada para un cumpleaños de sus nietos, la misma fuente que Nora usaba, desde hacía treinta años, únicamente para las pascualinas de Navidad.

La encontró más flaca que la última vez, con el pelo ya casi todo blanco y cortado corto, práctico, y una cartera grande que dejó sobre la mesa de la cocina antes de sentarse, como quien se instala para quedarse un rato y no solamente para entregar un objeto.

—¿Café? —preguntó Nora, y Cecilia dijo que sí, aunque las dos sabían que iba a tomar solamente la mitad, como siempre.

Hablaron, al principio, de las cosas de siempre: los nietos de Cecilia, un yerno que no terminaba de convencerla del todo, el asado del domingo pasado al que Nora no había ido porque hacía frío y no tenía ganas de salir.

Cecilia comentó, de paso, que estaba pensando en mudarse a un departamento más chico, ahora que los chicos ya estaban grandes y la casa se le hacía demasiado, y que lo único que la frenaba era una cosa tonta: no saber qué hacer con las cajas del garage, cosas de su papá que nunca había terminado de revisar.

—Hay una caja con cosas mías de chica, del colegio, y otra... —se quedó un segundo callada, revolviendo el café que no iba a terminar— con cosas de mi mamá. Fotos, sobre todo. No las miro nunca. Ni sé bien por qué las guardo.

Nora sintió, al escucharla, algo que no supo nombrar del todo, un peso parecido al que había sentido ella misma unas semanas antes con la caja rotulada "Cecilia — cosas" todavía tibia entre las manos, aunque Cecilia no tuviera manera de saber eso.

—¿Y por qué las guardás, si no las mirás? —preguntó Nora, con más curiosidad genuina de la que hubiera esperado sentir.

Cecilia se quedó pensando la respuesta más tiempo del que la pregunta, en apariencia, ameritaba.

—Porque si las tiro, me parece que me quedo sin nada —dijo, por fin—. Aunque tener algo guardado en una caja que no abro tampoco es tenerlo, ¿no? Es más bien... saber que está.

—Es más de lo que parece —dijo Nora, y no explicó más, y Cecilia no le preguntó qué quería decir con eso, y las dos se quedaron un momento en silencio, cada una mirando su propia taza, sin que ninguna de las dos supiera que la otra, en ese mismo instante, estaba pensando en una caja distinta guardada en otra parte de la misma casa.

Antes de irse, ya en la puerta, Cecilia se dio vuelta y dijo, casi de pasada, con la misma liviandad con que había dicho todo lo demás esa tarde:

—A veces pienso que hay cosas que una guarda para cuando esté lista, y capaz nunca está lista, y entonces se muere con la caja cerrada. Y no sé si eso está mal.

Nora no le contestó enseguida. Se quedó parada en el umbral, viéndola cruzar la vereda hacia el auto, y pensó que Cecilia, sin saberlo, acababa de decirle en una frase lo que a ella le habían costado casi cincuenta años.

—No —dijo Nora, en voz baja, cuando ya el auto de Cecilia doblaba la esquina, y nadie la escuchó decirlo—. No sé si está mal tampoco.