Chapter 11
X
Una tarde de esas tres semanas en que la carta seguía arriba de la heladera sin que Nora hubiera decidido nada, Valeria pasó a dejarle unas medialunas de un cumpleaños al que había ido, "para que no te quedes sin probar", dijo, y se sentó un rato en la cocina, con el mate que Nora todavía cebaba a la manera de Rubén aunque él ya no estuviera para tomarlo.
Hablaron de cosas chicas —el cumpleaños, un problema con el jardín de Fran, una prima que se mudaba a Bariloche— y en algún momento, sin que hubiera ningún silencio raro que lo anunciara, Valeria se quedó mirando a su madre un segundo de más, con esa atención que solamente una hija tiene, capaz de notar un cambio de un grado y medio en una temperatura que nadie más registraría.
—¿Estás bien, mamá? —preguntó, sin ninguna alarma en la voz, más como quien completa una pregunta de rutina que como quien sospecha algo—. Te veo rara. No sé. Como en otra cosa.
—Estoy bien —dijo Nora—. Cansada, nada más.
Valeria pareció conforme con eso, o decidió que le alcanzaba, y volvió al mate, y a los diez minutos ya estaba hablando de otra cosa.
Nora no le dijo nada de la carta, que seguía ahí arriba, a menos de dos metros de las dos, debajo del imán con forma de girasol, y sintió, mientras servía más medialunas en un plato, algo que no había sentido antes en cuarenta y seis años de ser la madre de Valeria: la sensación exacta, física, de estar mintiendo por omisión a alguien que la conocía demasiado bien como para no notar que algo faltaba, aunque no supiera nombrar qué.
Se fue Valeria, como siempre, con un beso apurado y los tuppers de la vez pasada ya lavados en la mesada.
Nora se quedó un rato mirando la heladera, el sobre asomando apenas debajo del imán, y pensó que ese "te veo rara" de su hija, tan liviano, tan de paso, era la primera grieta chiquita, casi invisible, en una versión pulida que todavía ni siquiera había empezado a contar.