Chapter 10
IX
Unas semanas después de aquella noche de la carpeta y los recibos, buscando la garantía de un termotanque que se había roto, Nora abrió una caja de cartón que llevaba tres décadas arriba del ropero sin que nadie la bajara, rotulada con la letra de Rubén: "Cecilia — cosas".
Adentro, entre libretas de la escuela primaria de su hijastra y un guardapolvo doblado con los puños ya duros de almidón viejo, encontró un sobre de papel madera, cerrado con cinta adhesiva que se había puesto amarilla y quebradiza, y en el sobre, con la misma letra del rótulo, una sola palabra: "Marta".
Nora no conocía ese nombre. Lo dijo en voz alta, una vez, sola en el cuarto, para ver si le sonaba de algo, y no le sonó de nada.
La letra, apretada al principio y cada vez más floja hacia el final de la primera hoja, decía cosas chicas, del día a día de una mujer que no sabía todavía, o no quería saber, que le quedaba poco tiempo: que el vecino de al lado se había comprado una radio nueva y se escuchaba hasta la cocina, que había conseguido tela para un vestido de verano que la carta parecía dar por hecho que iba a llegar a usar, que extrañaba a alguien cuyo nombre estaba tachado con tres rayas que Nora no pudo descifrar por más que la puso contra la luz de la ventana.
Hacia el final, la letra cambiaba de tono sin cambiar de asunto: "El médico dijo que el turno del jueves lo va a...
", y ahí se cortaba, justo en la mitad de una frase que nadie iba a terminar nunca: ni Marta, que no llegó a mandarla; ni Rubén, que la guardó sin romperla; ni Nora, que ahora la sostenía entre los dedos sin saber si tenía siquiera derecho a haberla leído entera.
Nora entendió, sin que hiciera falta que nadie se lo explicara, que Marta tenía que ser la primera mujer de Rubén, la que él siempre nombraba con esas dos palabras nada más, "mi primera mujer", como si darle nombre propio fuera a costarle algo que prefería no gastar.
En cuarenta y nueve años de matrimonio, Rubén no le había mostrado nunca esa foto, ni le había dicho nunca ese nombre, ni le había contado que guardaba, en una caja rotulada con el nombre de su propia hija, una carta que la mujer no había llegado a terminar ni a mandar antes de morirse.
Se quedó un rato largo sentada en el piso del cuarto, con la foto en una mano y la carta en la otra, pensando que ella también tenía una caja así, aunque la suya no fuera de cartón sino un libro de poemas de tapa gastada, y que las dos cajas habían estado, todos esos años, a la distancia de un cuarto, en la misma casa, sin que ninguna de las dos personas que las guardaban supiera del todo lo que guardaba la otra.
Pensó, sentada ahí, que en cuarenta y nueve años de matrimonio nunca habían hablado de esto —de Beatriz, de Marta, de las dos habitaciones cerradas— y sin embargo, de algún modo que no habían necesitado nombrar ni una sola vez, habían llegado al mismo acuerdo exactamente al mismo tiempo, sin negociarlo, sin siquiera reconocer que existía: no preguntar, no abrir la puerta del otro, dejar que cada uno cargara con su propio muerto sin pedirle ayuda para cargarlo y sin exigirle tampoco que se lo mostrara.
Nora había pasado años pensando que ese silencio compartido era, si acaso, una carencia del matrimonio, algo que les faltaba; sentada en el piso de ese cuarto, con la carta de Marta todavía tibia entre los dedos, entendió, por primera vez, que quizás había sido, al revés, la forma más generosa que los dos habían encontrado de quererse: dejarse en paz.
Volvió a poner el sobre exactamente donde estaba, cerró la caja, y la subió de nuevo arriba del ropero, en el mismo lugar donde había estado treinta años, pensando que había cosas que no hacía falta bajar dos veces en una vida, y que ella, de todas las personas posibles, era la última que tenía derecho a juzgar a Rubén por haber guardado silencio sobre esto durante tanto tiempo.