Chapter 9
VIII
Unos meses antes de la carta, cuando todavía estaba en lo peor de ordenar la ropa y los papeles de Rubén, Nora encontró, en el fondo del segundo cajón del escritorio, una carpeta de cartón con membrete de la empresa donde él había trabajado treinta años, llena de recibos de sueldo viejos, contratos de seguro vencidos, la garantía de una heladera que ya no tenían.
Iba a tirar todo eso sin mirarlo demasiado —Valeria la ayudaba esa tarde, sentada en el piso con dos bolsas de residuos, una para tirar y otra para donar— cuando entre dos recibos amarillentos se le cayó al piso una hoja mimeografiada, doblada en ocho, gastada en los pliegues hasta ponerse casi transparente.
No hizo falta desdoblarla del todo para saber qué era.
La reconoció por el tipo de letra, esa letra apretada de mimeógrafo que ya casi nadie de su generación había vuelto a ver en cuarenta años, y por una palabra que alcanzó a leer en el borde, "cuerpo", antes de volver a doblarla exactamente por los mismos pliegues.
—¿Qué es? —preguntó Valeria, desde el piso, sin demasiado interés, con las manos ocupadas en un cajón de corbatas.
—Nada. Cosas viejas de la facultad —dijo Nora, y se guardó la hoja en el bolsillo del delantal con un movimiento que esperó que pareciera más casual de lo que fue.
Se acordó, esa noche, de haber escondido esa misma hoja —una entre tantas, la única que no se había animado a quemar con las demás en el fondo del patio de sus padres, en algún día del invierno del 77 que ya no podía fechar con exactitud— en el fondo de un cajón cualquiera de la casa nueva, apenas se mudó con Rubén, pensando que algún día iba a decidir qué hacer con ella y después, simplemente, dejando que los años decidieran por ella.
Rubén había usado ese escritorio cuarenta y nueve años sin tocar nunca el fondo de ese cajón en particular, o tocándolo y no preguntando nunca, una de las dos cosas, y ahora Nora no iba a poder averiguar cuál.
Estuvo a punto de tirarla esa misma noche, entre los papeles del cesto de la cocina.
La sacó del cesto al rato, sin decírselo a nadie, y la guardó adentro del libro de poemas de tapa gastada donde ya guardaba, desde hacía años, una fotografía doblada al medio: dos mujeres jóvenes riéndose en el umbral de una casa que ya no existe.
El libro se le estaba llenando de cosas que no quería tirar y tampoco quería mostrar, y ella lo sabía, y lo dejaba pasar.
Fue esa misma noche, más tarde, tomando café en la mesa de la cocina, cuando Valeria, sin ninguna preparación previa, en el tono de quien hace una pregunta que viene pensando hace rato pero recién ahora se anima, le preguntó:
—Mamá. ¿Vos estabas enamorada de papá?
Nora la miró un segundo antes de contestar, no porque dudara de la respuesta sino porque le sorprendió la pregunta, ahí, entre la carpeta de recibos y las bolsas de ropa.
—Sí —dijo.
—¿Lo querías?
—Sí —dijo otra vez, y era tan cierto como lo primero, y las dos cosas fueron ciertas durante cuarenta y nueve años sin necesitar explicarse la una a la otra.
Valeria pareció conforme con eso, como quien encuentra confirmado algo que nunca había puesto en duda, y volvió a las corbatas. Nora se quedó un rato más con la taza entre las manos. Había, sin mentir en absoluto, una habitación entera de la casa que esa verdad completa dejaba afuera.
Valeria, ya en la puerta de su cuarto, se dio vuelta una vez más, con la mano en el marco, y dijo, casi como una ocurrencia tardía:
—Igual sé que hay cosas que no contás, mamá. Está bien. No hace falta.
Lo dijo sin ningún reproche, con la liviandad de quien constata un hecho meteorológico, y se fue a dormir sin esperar respuesta, dejando a Nora sola en la cocina con la certeza incómoda de que su hija, sin saber nada en absoluto, había entendido más de lo que cualquiera de las versiones pulidas de su madre le había contado nunca.