Chapter 8
VII
El imán con forma de girasol que sostiene la carta contra la heladera lo hizo Fran en la sala de cinco del jardín, un disco de arcilla chata pintado con témpera amarilla y un montón de semillitas de verdad pegadas en el medio con plasticola, que se le empezaron a caer casi enseguida y que Nora, con los años, fue reponiendo una por una, cada vez que encontraba una semilla de girasol tirada en la mesada, para que el regalo no se viera tan venido a menos.
—Es para vos, abu —había dicho Fran, con esa solemnidad de los cinco años, entregándoselo todavía tibio de la mochila—. Lo hice yo solo. La seño me ayudó con la plasticola nada más.
Nora lo puso en la heladera esa misma tarde, en el medio, desplazando un almanaque de la farmacia que llevaba ahí colgado desde antes de que Rubén se enfermara, y ahí se quedó, sin que nadie volviera a cuestionar su lugar, sosteniendo, en los años siguientes, listas del supermercado, turnos médicos, un dibujo de Fran más chico todavía, y ahora, esa carta con membrete de la facultad que Nora no terminaba de decidir qué hacer con ella.
A veces, sacando la leche o guardando las milanesas, Nora se quedaba un segundo mirando el girasol torcido de Fran, con sus semillas repuestas a mano, y pensaba que había, en esa heladera, dos objetos guardando dos cosas completamente distintas: un imán que guardaba amor sin ninguna complicación, hecho por un chico de cinco años que todavía no sabía que el mundo pudiera ser otra cosa que eso, y una carta, debajo de él, que guardaba exactamente lo contrario.